Si uno despliega sobre una mesa las banderas de Honduras, Nicaragua, El Salvador, Guatemala y Argentina, el parecido es casi incómodo: las mismas dos franjas celestes abrazando una blanca, el mismo aire de familia. La pregunta brota sola. ¿Cómo es que países separados por miles de kilómetros, que San Martín y Belgrano jamás pisaron, terminaron vistiendo los colores rioplatenses? La respuesta corta es que hubo una época en que el celeste y blanco no era una bandera nacional, sino una idea: la de que en el extremo sur del continente había nacido algo libre. Y esa idea viajó. La respuesta larga incluye una virgen, una guerra de independencia, un prócer salvadoreño con buena memoria y —acá empieza lo bueno— un corsario de origen francés que se tomó el atrevimiento de pasear nuestra bandera por tres océanos.
Dos familias de banderas
América Latina, mirada desde el aire, se reparte en dos linajes cromáticos. Por un lado, el rojo, amarillo y azul de Venezuela, Ecuador y Colombia, herencia del tricolor que ideó Francisco de Miranda y que abrazó la Gran Colombia de Simón Bolívar. Por el otro, el celeste y blanco que se derrama desde el Río de la Plata hacia Centroamérica. La frontera entre ambos mundos no es caprichosa: dibuja, casi con precisión de mapa, hasta dónde llegó la gesta de cada libertador. Bolívar en el norte; San Martín en el sur. Nuestro celeste y blanco nace con Manuel Belgrano, que lo enarboló por primera vez a orillas del Paraná, en Rosario, el 27 de febrero de 1812. Sobre el origen de los colores se discute desde entonces: hay quien los atribuye al manto de la Virgen, quien a las cintas que lucían los Patricios durante las Invasiones Inglesas de 1806, quien incluso a las condecoraciones del rey Carlos III. Lo que no se discute es lo que vino después. En tiempos en que casi toda la América española caía de nuevo bajo el dominio realista, el Río de la Plata se mantuvo en pie. Y esa terquedad lo convirtió, a los ojos del continente, en el faro de la libertad.
El eslabón documentado: un salvadoreño con memoria
Acá pisamos terreno firme, del que figura en los archivos. Cuando Centroamérica se sacude el dominio español y, más tarde, resiste su anexión al Imperio Mexicano, aparece la figura de Manuel José Arce. En 1822, nombrado jefe de los milicianos salvadoreños, Arce necesita una bandera para los suyos. Y no inventa: recuerda. Recuerda los colores de los próceres argentinos, de ese San Martín y ese Belgrano que en el sur estaban torciéndole el brazo al imperio. Le encarga entonces a su esposa, Felipa Aranzamendi, y a su hermana, que confeccionen con seda blanca y celeste el primer pabellón de la Provincia de El Salvador. De esa semilla brota, en 1824, la bandera de la República Federal de Centro América —Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica—, calcada en su concepto de la de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Cuando la federación se desmembra entre guerras civiles, cada república se queda con su jirón de aquel sueño común. Por eso, dos siglos después, siguen ondeando celeste, blanco y celeste. (Costa Rica fue la excepción: le sumó el rojo y rompió a medias el molde.) La prueba más elocuente no la damos nosotros: hasta hoy, el propio Estado salvadoreño reconoce oficialmente que sus colores son “los de los próceres argentinos San Martín y Belgrano”. No hay vanidad patriótica que invente eso.
Y acá entra el corsario
Hasta aquí, la historia con sello y firma. Lo que sigue es donde el dato se entrevera con la leyenda, y es —no lo vamos a negar— la parte más linda. Hipólito Bouchard era francés de nacimiento, pero argentino de causa. Marino al servicio de las Provincias Unidas, entre 1817 y 1819 protagonizó una de las epopeyas más insólitas de nuestra historia naval: una circunnavegación corsaria al mando de la fragata La Argentina, una nave que, vuelta de tuerca poética, le había arrebatado a los propios españoles. Conviene aclarar que “corsario” no es lo mismo que “pirata”: el pirata roba para sí; el corsario navega con patente legal de su gobierno para hostigar al enemigo. Bouchard llevaba la suya, firmada por el Directorio. Su travesía parece guion de aventura: Madagascar, donde frustró un cargamento de esclavos; el sudeste asiático, donde cruzó cañonazos con piratas malayos; Filipinas; Hawái, donde el rey Kamehameha —al que apodaban el Napoleón de la Polinesia— habría reconocido la independencia argentina; California, donde sus hombres tomaron y arrasaron Monterrey, entonces capital de la Alta California; y las costas del Pacífico mexicano y centroamericano. Una vuelta al mundo dando batalla, con el celeste y blanco flameando en lo más alto del palo mayor. Y es justamente ese palo mayor el que enciende la leyenda. Entre marzo y abril de 1819, La Argentina navegó frente a las costas centroamericanas exhibiendo el pabellón rioplatense. Algunos historiadores sostienen que aquella bandera, vista desde la playa por ojos que soñaban con su propia libertad, fue la chispa que inspiró los colores de la futura Centroamérica. La imagen es irresistible: un barco solitario, salido del fin del mundo, mostrándole a un continente todavía encadenado el color exacto de lo que podía llegar a ser.
Dónde termina el dato y empieza el mito
Conviene, eso sí, no enamorarse del cuento al punto de creérselo entero. El vínculo entre Bouchard y las banderas centroamericanas es una hipótesis seductora, no una certeza de archivo. Las propias fuentes que lo cuentan lo hacen en condicional: “se cree”, “algunos historiadores señalan”. El eslabón sólido sigue siendo Arce y su decisión deliberada de homenajear a los próceres argentinos. Lo de Bouchard como detonante es tradición más que documento. Hay, además, un personaje que suele colarse y confundir las fechas: otro corsario francés, Louis-Michel Aury, este al servicio de Bolívar, que el 4 de julio de 1818 tomó la isla de Providencia, en el Caribe, también bajo una enseña celeste y blanca. Más de una crónica mezcla a los dos hombres en un solo relato. Pero fueron corsarios distintos, en mares distintos —Bouchard en el Pacífico, Aury en el Caribe— y en años distintos. Quizá esa misma niebla sea lo más fiel a la época. En los años en que el sur del continente le enseñaba al norte que la independencia era posible, las ideas viajaban más rápido que los documentos, y los símbolos se contagiaban de barco en barco, de playa en playa. Sea por la mano firme de Arce o por la estela de la fragata de Bouchard —probablemente por ambas—, lo cierto es que el celeste y blanco dejó de pertenecernos solo a nosotros. Hoy, cuando flamea en Tegucigalpa, en Managua o en San Salvador, no está copiando a nadie. Está recordando un tiempo en que media América soñó con una sola bandera. Y nosotros, sin proponérnoslo del todo, le pusimos los colores.
M.T.



