Mientras la crisis económica y social se profundiza en Cuba,un dato estructural sigue siendo imposible de omitir: el país lleva más de seisdécadas sometido a un sistema de presión externa liderado por Estados Unidosque ha condicionado su desarrollo económico y su inserción internacional.
Hay pocas políticas exteriores en la historia moderna que combinen con tantaclaridad la hipocresía, la crueldad sistémica y el fracaso estratégico como elbloqueo de Estados Unidos contra Cuba. Durante más de seis décadas, Washingtonha aplicado sobre la isla una presión económica, diplomática y encubierta deuna magnitud sin precedentes en tiempos de paz, utilizando como principalherramienta de castigo no al gobierno que dice combatir, sino al pueblo cubanode a pie. Llamarlo «embargo» —como prefiere la diplomacianorteamericana— es una concesión semántica que conviene rechazar desde elinicio. Un embargo es una medida comercial. Lo que Estados Unidos aplica sobreCuba desde 1962 es un bloqueo total: una guerra económica de largo alientodiseñada para asfixiar a una nación soberana hasta que su población, por hambrey desesperación, haga el trabajo que Washington no se anima a hacerabiertamente.
Una guerra sin declarar
El bloqueo no comenzó con la Revolución cubana comoideología: comenzó como respuesta a la soberanía. Cuando el gobierno de FidelCastro nacionaliza las propiedades estadounidenses en la isla —muchas de ellasvinculadas a empresas que operaban en condiciones que hoy cualquier tribunalinternacional catalogaría como explotación colonial— Washington responde confuria desproporcionada. Lo que siguió no fue diplomacia. Fue guerra encubierta.La CIA organizó la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, una operación queterminó en derrota militar y vergüenza internacional para la administraciónKennedy. Luego vino la Operación Mongoose, un programa sistemático de sabotaje,terrorismo económico y decenas de planes de asesinato contra Fidel Castro,documentados en los propios archivos desclasificados del gobiernoestadounidense. Bombas en instalaciones industriales, envenenamiento decosechas, ataques a barcos pesqueros: métodos que, aplicados por cualquier otroactor, serían denominados sin dudar terrorismo de Estado. La Ley Helms-Burtonde 1996 profundizó el cerco al penalizar a empresas de terceros países quehicieran negocios con Cuba, en una aplicación extraterritorial de lalegislación estadounidense que viola abiertamente el derecho internacional. Enotras palabras: Washington no solo bloqueó a Cuba, sino que amenazó al mundoentero con represalias si osaba comerciar con la isla.
El daño sobre los que no tienen culpa
Conviene detenerse aquí y ser brutalmente claros sobre loque significa este bloqueo en términos humanos. En la vida cotidiana, lasconsecuencias de este esquema de presión sostenida se traducen en un deterioropalpable de las condiciones básicas de existencia. La población cubana enfrentacortes de energía prolongados que afectan la conservación de alimentos, elacceso al agua y el funcionamiento de hospitales; escasez recurrente deproductos esenciales como harina, aceite, medicamentos e insumos médicos; y unainflación informal que erosiona cualquier ingreso fijo. A esto se suma laimposibilidad de acceder a tecnologías, repuestos o financiamientointernacional, lo que paraliza sectores productivos y limita la generación deempleo. El resultado es una economía de subsistencia, donde amplios sectoresdependen de remesas o redes informales, mientras aumenta la migración comoúnica salida viable para miles de personas que no encuentran perspectivasdentro del país. La Asamblea General de Naciones Unidas ha votado año tras año—con mayorías aplastantes que rondan los 180 países contra apenas dos o tres—exigiendo el fin del bloqueo. En 2023, 187 naciones se pronunciaron contra elcerco. Solo Estados Unidos e Israel votaron a favor de mantenerlo. La comunidadinternacional no podría ser más clara: lo que Washington hace sobre Cuba escondenado como ilegal e inhumano por prácticamente todo el planeta. Y sinembargo, el bloqueo continúa.
Los que dijeron que no
Frente a la presión estadounidense, hubo —y hay— países queeligieron la dignidad internacional sobre la conveniencia geopolítica. Vale lapena nombrarlos. La Unión Soviética y luego Rusia fueron el sostén histórico deCuba durante décadas, y Moscú ha mantenido vínculos económicos y diplomáticoscon La Habana independientemente de las presiones de Washington. Cuando la URSSse desintegró y Cuba vivió el durísimo «Período Especial», fue elaislamiento estadounidense —y no la solidaridad internacional— el que agravó lacrisis. China ha profundizado en los últimos años su relación con Cuba demanera decidida, convirtiéndose en uno de sus principales socios comerciales.Pekín no solo ignora las amenazas de sanciones secundarias de Washington, sinoque ha invertido activamente en la isla, en sectores que van desde lastelecomunicaciones hasta la producción de níquel. Venezuela protagonizó uno delos gestos de solidaridad más concretos de la historia reciente: el acuerdo Petrocaribe permitió a Cuba acceder apetróleo venezolano en condiciones preferenciales, aliviando de manera significativala crisis energética cubana durante años. La respuesta de Washington fueintensificar también las sanciones sobre Venezuela. México ha mantenidohistóricamente una política de noalineamiento respecto a Cuba que desafió durante décadas la presiónnorteamericana. Fue el único país latinoamericano que no rompió relaciones conLa Habana tras la Revolución. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador llevóesa tradición más lejos, con visitas de alto nivel y declaraciones públicas desolidaridad que irritaron visiblemente a Washington. España y varios países dela Unión Europea han mantenido relaciones comerciales y diplomáticas con Cuba apesar de las presiones, aunque con una postura más ambigua que oscila entre elpragmatismo económico y la presión estadounidense. En particular, España hasido históricamente el puente entre Cuba y Europa, manteniendo vínculosculturales, migratorios y comerciales que ningún gobierno de Madrid ha queridosacrificar del todo en el altar de la política exterior norteamericana. Canadáes quizás el caso más llamativo dentro de los aliados tradicionales deWashington: nunca rompió relaciones con Cuba, nunca aplicó sancionessecundarias y ha mantenido flujos turísticos y comerciales con la isla demanera ininterrumpida, para incomodidad permanente de sus vecinos del sur. Bolivia,durante los gobiernos de Evo Morales, profundizó la cooperación con Cuba enmateria de salud, educación y formación técnica. El programa cubano dealfabetización «Yo sí puedo» fue adoptado con resultados notables enel país andino, en una demostración práctica de que la cooperación Sur-Sur esposible cuando hay voluntad política. En África, países como Angola, Mozambiquey Etiopía mantienen lazos históricos con Cuba nacidos de la cooperación military médica que La Habana brindó durante los procesos de descolonización. Cubaenvió tropas y médicos a Angola en los años setenta para defender al gobiernodel MPLA frente a la intervención sudafricana y estadounidense: una deudahistórica que muchos países africanos no olvidan.
La medicina como arma diplomática que Washington no puedecomprar
Uno de los aspectos más incómodos para el relatoestadounidense es la cooperación médica cubana. Mientras Washington vende armasy aplica sanciones, Cuba ha enviado decenas de miles de médicos a más de 60países, incluyendo zonas que el sistema capitalista global considera «norentables»: áreas rurales del Haití devastado, comunidades en Sierra Leonadurante el ébola, poblaciones en Bolivia y Venezuela sin acceso previo a lasalud. Durante la pandemia de COVID-19, Cuba desarrolló sus propias vacunas—Abdala y Soberana— con recursos mínimos y bajo bloqueo, y las distribuyó aprecio de costo o gratuitamente a países que no podían acceder a las vacunas dePfizer o Moderna. Fue un ejercicio de soberanía científica que ninguna sanciónpudo impedir. Esta capacidad cubana es, para Washington, políticamenteintolerable: demuestra que es posible construir un sistema de bienestarcolectivo fuera de los parámetros del mercado global, y que ese sistema puedeser exportado como modelo. La respuesta de Estados Unidos no fue mejorar supropia cooperación internacional. Fue intentar sabotear los programas médicoscubanos en el exterior, presionando a países como Brasil, Ecuador y Boliviapara que expulsaran a los médicos cubanos de sus territorios.
El fracaso de una política
Después de 63 años, el balance es inapelable: el bloqueo hafracasado en su objetivo declarado. El gobierno cubano no ha caído. LaRevolución no ha sido derrotada. El Partido Comunista sigue en el poder. Loúnico que el bloqueo ha conseguido con certeza matemática es empobrecer a lapoblación cubana, alimentar las migraciones y darle al gobierno de La Habana unargumento legítimo —y permanente— para explicar las dificultades económicas dela isla. Esto no equivale a una defensa acrítica del sistema político cubano.Las restricciones a la libertad de prensa, la limitación al pluralismo políticoy las condiciones de los presos de conciencia en la isla son cuestiones seriasque merecen debate honesto. Pero ese debate es imposible cuando la conversaciónestá permanentemente distorsionada por el hecho de que el principal promotor de»la democracia en Cuba» es el mismo país que financió golpes deEstado en toda América Latina, que apoyó a Pinochet, a Videla y a Somoza, y quemantiene su propia prisión extrajudicial en suelo cubano —Guantánamo— donde losderechos más elementales han sido sistemáticamente violados durante décadas. Lalegitimidad moral de Washington para hablar de derechos humanos en Cuba es, enel mejor de los casos, cuestionable.
El bloqueo como crimen colectivo
Hay palabras que la diplomacia internacional evita porincómodas pero que la historiaeventualmente impone. Lo que Estados Unidos ha hecho sobre Cuba durante más deseis décadas —el bloqueo económico, las operaciones encubiertas, el terrorismode Estado, la presión sobre terceros países para aislar a la isla— constituyeuna agresión sistemática contra un pueblo que no tiene la culpa de su gobierno,de la misma manera que el pueblo estadounidense no tiene la culpa del suyo. Elcastigo colectivo de una población civil como método de presión política es condenado por el derechointernacional humanitario cuando lo aplican otros actores. Cuando lo aplicaWashington, se llama «política de sanciones» y se presenta comodefensa de la democracia. La diferencia no está en la naturaleza del acto. Estáen el poder de quien lo comete y en la capacidad de ese poder para definir elrelato. Los países que desafiaron esa presión —México, Canadá, China,Venezuela, Rusia, España, los países africanos que no olvidaron la solidaridadcubana— hicieron algo más que un gesto diplomático. Afirmaron un principio queel orden internacional debería garantizar pero raramente cumple: que ningunanación, por poderosa que sea, tiene el derecho de decidir el hambre de otropueblo. Ese principio, hoy más vigente que nunca en un mundo donde lassanciones se han convertido en el arma predilecta de las grandes potencias,merece ser defendido sin ambigüedades.M.T.



