La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán clausura el Estrecho de Ormuz y sacude los mercados energéticos por primera vez desde 2022. Asia es la región más expuesta. Argentina llega al shock con récord histórico de producción.
El petróleo Brent llegó este lunes 9 de marzo a 105 dólares por barril, con picos intradiarios de hasta 119,5 dólares —el mayor avance absoluto en un solo día en la historia del contrato—, después de que la producción en los principales yacimientos del Golfo Pérsico se desplomara como consecuencia directa del cierre del Estrecho de Ormuz. El conflicto armado que estalló el 28 de febrero pasado, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron su ofensiva militar contra Irán, reconfiguró de un golpe el tablero energético mundial y empujó al crudo a terreno de tres dígitos por primera vez en más de tres años y medio. El detonante es preciso: el Estrecho de Ormuz, el cuello de botella marítimo de apenas 33 kilómetros de ancho por el que transitan aproximadamente 20 millones de barriles diarios —el 20% del petróleo mundial y enormes volúmenes de gas natural licuado de Qatar—, se encuentra prácticamente cerrado. La producción de Irak en sus principales yacimientos del sur cayó un 70%, Kuwait declaró fuerza mayor en sus envíos y los Emiratos Árabes Unidos gestionan su producción offshore de forma precautoria. Los analistas estiman que entre 7 y 11 millones de barriles diarios pueden estar temporalmente fuera del mercado.
EL MAPA DE LA VULNERABILIDAD: QUIÉNES PIERDEN
No todos los países son iguales ante un shock de oferta. La línea divisoria fundamental es simple: exportadores netos versus importadores netos. Los primeros ven sus ingresos multiplicarse; los segundos absorben el golpe en su cuenta corriente, en su inflación y, para los más pobres, en su seguridad alimentaria. Asia concentra la mayor exposición estructural al cierre de Ormuz. El 82% del petróleo que transita el estrecho tiene destino asiático, y China, India, Japón y Corea del Sur absorben cerca del 70% del volumen total. El banco de inversión Nomura ubicó a Tailandia, India, Corea del Sur y Filipinas como los cuatro países asiáticos más vulnerables a un alza sostenida del crudo. Para India, el impacto es doblemente severo: más de la mitad de sus importaciones de GNL están vinculadas al Golfo y una gran parte tiene precio referenciado al Brent, por lo que un shock en Ormuz eleva simultáneamente el costo del petróleo y del gas. Para Japón, la dependencia estructural no tiene parangón: el país importa el 95% del crudo que consume y alrededor del 75% proviene de la región que atraviesa Ormuz. Corea del Sur comparte un perfil similar. Ambas economías ya están evaluando la liberación de reservas estratégicas en coordinación con el G7. «La crisis no sólo elevaría los precios del petróleo y el gas, sino que también paralizaría la actividad económica mundial. Zulfikar Yurnaidi, Centro de Energía, ASEAN» En Europa, la exposición directa al cierre de Ormuz es menor —el continente redujo su dependencia del Golfo tras el shock de 2022— pero la vulnerabilidad indirecta es real: los mercados de GNL ya registran subas de hasta 65-77% en una semana, y el indicador TTF de Países Bajos, referencia europea del gas, alcanzó los 46 euros por megavatio hora. España e Italia son los eslabones más expuestos dentro del bloque.
EL LADO OPUESTO: QUIÉNES GANAN
El mismo shock que golpea a los importadores actúa como viento de cola para los exportadores netos con producción fuera del radio de conflicto. Noruega, Canadá y Brasil cotizan en este escenario como proveedores alternativos con prima. Y Argentina —gracias a Vaca Muerta— se ubica por primera vez en décadas en el lado beneficiado de la ecuación.
ARGENTINA Y VACA MUERTA: LA PARADOJA DEL EXPORTADOR
Argentina llega a este shock energético global con un activo que no tenía en ninguna crisis anterior: récord histórico de producción de petróleo. Según datos de la Secretaría de Energía de la Nación, en enero de 2026 el país produjo 4.262.675 metros cúbicos de crudo —el mayor volumen del que se tenga registro oficial—, superando el récord de diciembre de 2025. Expresado en barriles, la producción diaria ascendió a 882.200 barriles/día, un 16,5% más que en igual mes del año anterior. El motor es inequívoco: Vaca Muerta creció un 35,5% interanual, consolidando al país como exportador neto de hidrocarburos por primera vez en décadas. El superávit energético de 2025 alcanzó los 7.800 millones de dólares, superior a los 5.600 millones de 2024, un salto impulsado fundamentalmente por efecto volumen. El analista Gustavo Araujo (Criteria) describió el impacto del shock como un «doble beneficio»: hasta semanas atrás, el petróleo argentino se vendía al exterior con un descuento de entre el 3% y el 4% respecto al Brent debido a la sobreoferta global. El conflicto en Medio Oriente no solo elevó el precio de referencia, sino que levantó parcial o totalmente ese diferencial negativo, mejorando simultáneamente el precio unitario y el margen por barril exportado. Las primeras estimaciones del mercado indican que la suba de precios internacionales ya permitió elevar la previsión de la balanza comercial energética para 2026 a un piso de 10.000 millones de dólares. Y cada 10 dólares adicionales de aumento en el precio del barril agregarían entre 800 y 1.000 millones de dólares a ese saldo, consolidando a Vaca Muerta como uno de los principales amortiguadores de divisas del país. La mejora en la rentabilidad también actúa sobre el ciclo inversor. El ex secretario de Energía Emilio Apud destacó que precios más altos «aumentan el flujo de caja a las petroleras que están exportando», lo que podría acelerar decisiones de inversión en los proyectos no convencionales de la cuenca neuquina. YPF, que participa como socio en las mega obras de infraestructura asociadas a Vaca Muerta, tiene incentivos directos para sostener ese ciclo.
EL «LADO B»: LA PRESIÓN SOBRE COMBUSTIBLES E INFLACIÓN
Sin embargo, la posición exportadora no inmuniza a la Argentina del lado oscuro del shock. La economía doméstica está expuesta a través del traslado del precio internacional a los combustibles. El mecanismo es conocido: cada dólar adicional en el precio del crudo puede trasladarse a los surtidores en una proporción cercana al 1%. Si el Brent se mantiene por encima de los 90 dólares, el ajuste potencial en combustibles rondaría el 10% en el mediano plazo. El escenario de tres dígitos ya vigente comprime ese margen: si los precios en surtidores se actualizaran de forma inmediata al valor de paridad internacional con el Brent a 105 dólares, los combustibles deberían prácticamente duplicarse. El CEO de YPF, Horacio Marín, buscó descomprimir la ansiedad con declaraciones que descartaban «cimbronazos» en los precios, aunque los analistas advierten que, si el conflicto se prolonga, la presión será difícil de evitar. El economista Orlando Ferreres sintetizó el dilema: aun con producción local y exportaciones en alza, la energía se paga a precio internacional cuando el mercado se recalienta, y ese precio tarde o temprano tiende a filtrarse al surtidor y desde allí a toda la cadena de costos de la economía. «Si el conflicto escala y el barril se instala cerca de los USD 100, la presión sobre los precios internos será difícil de evitar. — Orlando Ferreres, economista» El 1° de marzo ya rigió un aumento promedio del 1,1% en combustibles por actualización parcial de impuestos al combustible líquido (ICL) y al dióxido de carbono (IDC), lo que suma presión previa al shock externo.
VARIABLES CRÍTICAS: CUÁNTO DURA EL SHOCK
La distinción más relevante para dimensionar el impacto sobre Argentina —y sobre los mercados globales— es la duración del shock. Si el conflicto se contiene en semanas y el Estrecho de Ormuz recupera operatividad, el efecto será coyuntural, valioso para las exportadoras pero sin capacidad de transformar el frente externo de forma estructural. Si el conflicto se enquista, el escenario cambia de naturaleza. El ministro de Energía de Qatar advirtió que, si los buques no pueden atravesar Ormuz, todos los productores del Golfo podrían detener exportaciones en cuestión de semanas, con un precio del barril potencialmente por encima de los 150 dólares. En ese escenario extremo, Macquarie anticipa un shock inflacionario global, con especial impacto en países como Japón, China y Europa que dependen más de los suministros del Golfo. Para Argentina, ese mismo escenario mejoraría aún más sus ingresos exportadores, pero agravaría severamente la inflación interna y la cadena logística global. Tres variables concentran la incertidumbre: la persistencia de la tensión en Ormuz, la velocidad de ajuste de los precios locales de combustibles en un país con alta sensibilidad inflacionaria, y la capacidad de la infraestructura exportadora argentina de aprovechar el pico de demanda en mercados alternativos a los del Golfo.
CONCLUSIÓN: VACA MUERTA EN EL RADAR GLOBAL
El shock de marzo de 2026 confirma algo que venía siendo evidente pero que el mercado recalibra en cada crisis: los yacimientos no convencionales fuera de las zonas de conflicto cotizan al alza cuando el Golfo se cierra. La guerra entre EEUU, Israel e Irán está poniendo a Vaca Muerta en el radar de los compradores globales con una urgencia que ningún roadshow de inversión hubiera logrado. Argentina tiene la producción, tiene el momento y tiene los precios a favor. El desafío —como siempre— es institucional y logístico: aprovechar los ciclos de precios altos para consolidar infraestructura exportadora, sin que la volatilidad internacional se traslade íntegramente a una economía doméstica que aún no tiene resuelto el problema inflacionario. La paradoja es vieja pero nunca deja de ser relevante: el mismo barril que llena las arcas del Estado puede vaciar el bolsillo del consumidor. La historia argentina con el petróleo está llena de oportunidades desperdiciadas. Esta vez, con récord de producción, precios a 105 dólares y Vaca Muerta en plena expansión, las condiciones objetivas para no repetir ese patrón son mejores que nunca. Lo que falta, como de costumbre, es la política.
A.G.



