Un gobernador colonial del siglo XVII libró una batalla perdida de antemano contra la infusión más arraigada del Río de la Plata. La historia de un bando que la historia convirtió en anécdota
Corría el siglo XVII y Hernando Arias de Saavedra —Hernandarias para la historia— gobernaba con mano firme los extensos territorios del Río de la Plata y el Paraguay. Primer criollo en ocupar ese cargo, nacido en estas tierras, conocedor de sus gentes y sus costumbres, decidió sin embargo librar una de las batallas más extravagantes —y más condenadas al fracaso— de la historia colonial americana: prohibir el consumo de la yerba mate. El bando fue categórico. La infusión preparada con las hojas de Ilex paraguariensis quedaba vedada por considerarla, según la prosa moralizante de la época, «un vicio que favorece a los enamorados». La acusación no era menor para los estándares del orden colonial y católico: el mate, argumentaban sus detractores, predisponía al ocio, al encuentro entre hombres y mujeres fuera del ámbito familiar, y a una suerte de sociabilidad horizontal que incomodaba tanto a las autoridades civiles como a una parte del clero.
El enemigo en el calabazo
Para entender la obsesión de Hernandarias con el mate, hay que comprender el lugar que la yerba ocupaba en la vida cotidiana del Río de la Plata colonial. Los pueblos guaraníes la consumían desde tiempos inmemoriales —la llamaban ka’a— y le atribuían propiedades energizantes y sagradas. Con la llegada de los conquistadores, lejos de desaparecer, la práctica se extendió con una velocidad que escandalizó a más de un funcionario de la Corona. Los soldados la bebían en lugar de comer. Los encomenderos la exigían como tributo. Los mercaderes la traficaban. Y todo el mundo, en cada rancho, en cada plaza, en cada esquina, compartía el mismo calabazo pasado de mano en mano con una familiaridad que borraba jerarquías. Eso, precisamente, era lo que perturbaba al orden establecido.
Una prohibición con más enemigos que aliados
El bando de Hernandarias no fue el primero ni el último intento de doblegar al mate. Los jesuitas —que terminarían siendo sus mayores productores y comercializadores a través de las reducciones del Paraguay— oscilaron durante décadas entre la condena y la tolerancia. El Sínodo de Asunción de 1603 había intentado restringir su consumo entre los indígenas con argumentos similares a los del gobernador. Pero la prohibición chocó con una realidad económica imposible de ignorar: la yerba mate ya era, a esa altura, uno de los principales motores comerciales de la región. Prohibirla era atacar intereses de comerciantes, hacendados y hasta de sectores del propio aparato colonial. Hernandarias, paradójicamente, terminó siendo recordado como uno de los gobernadores más capaces e íntegros de la era colonial. Impulsó la ganadería, defendió a los pueblos originarios de los peores abusos de la encomienda y sentó bases institucionales duraderas. Pero en la guerra contra el mate, la historia lo dejó en el lugar del perdedor.
El mate sobrevivió a todo
La infusión sobrevivió a las prohibiciones coloniales, a los intentos de tasación, a los debates eclesiásticos y a siglos de transformaciones políticas. Hoy es declarada patrimonio cultural en Argentina, Uruguay y Paraguay, y su consumo se extiende desde la Patagonia hasta el Caribe. En Neuquén, tierra de vientos y de una identidad forjada entre el desierto y la montaña, el mate es tan omnipresente como en cualquier otro rincón del país. En los yacimientos de Vaca Muerta, donde conviven trabajadores de todas las provincias, el termo y el calabazo circulan entre turnos con la misma naturalidad de siempre. Hernandarias perdió. El mate ganó. Y si acaso favorecía a los enamorados, eso nunca fue del todo un argumento en su contra.
M.T.



