En un contexto internacional atravesado por conflictos crecientes y discursos justificatorios, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, expuso una posición directa y sin eufemismos: la guerra no solo destruye territorios, también se sostiene sobre una narrativa que naturaliza el gasto militar mientras posterga soluciones urgentes para el hambre, la energía y la salud. En medio de una escena global cada vez más tensionada —con frentes abiertos que van desde Europa del Este hasta Medio Oriente—, el presidente brasileño volvió a poner sobre la mesa una incomodidad que las grandes potencias prefieren esquivar: el sistema internacional no está fallando por accidente, sino por decisiones concretas. El eje de su planteo es claro. Mientras se multiplican los conflictos armados, también crece el gasto militar a niveles históricos, en una lógica que prioriza la confrontación antes que la resolución estructural de problemas básicos. Lula no se detiene en diagnósticos abstractos: apunta directamente a la contradicción entre los recursos disponibles y el uso que se les da. Billones destinados a armamento conviven con déficits persistentes en alimentación, acceso a energía y sistemas de salud en gran parte del planeta. Pero el discurso no se limita a una crítica económica. Hay una lectura geopolítica más profunda. Según el mandatario brasileño, el llamado “sur global” sigue ocupando un rol subordinado: paga los costos de crisis que no generó —guerras, cambio climático, endeudamiento— y continúa siendo tratado como proveedor de materias primas en un esquema que reproduce desigualdades históricas. En ese punto, el planteo deja de ser retórico y se vuelve político. Lula reclama un rediseño del sistema multilateral, hoy debilitado y, en muchos casos, funcional a los intereses de quienes concentran poder. La mención directa a los líderes de las principales potencias —Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido— no es casual: son los actores con capacidad real de condicionar el escenario global y, al mismo tiempo, quienes integran el Consejo de Seguridad de la ONU. El mensaje es tan simple como incómodo: si tienen la responsabilidad de garantizar la paz, deben ejercerla. Convocar, negociar y frenar la escalada bélica. No como gesto simbólico, sino como obligación política. Hay, además, un elemento que atraviesa todo el discurso y que suele quedar fuera del análisis tradicional: la construcción del relato. La guerra no solo se libra en el terreno, también en el plano simbólico. Se justifica, se explica, se maquilla. Se instala como inevitable. Y en ese proceso, se diluye la discusión de fondo: quién gana y quién pierde en ese esquema. En ese sentido, la intervención de Lula se diferencia por su coherencia interna. No intenta equilibrar posiciones ni acomodarse a la diplomacia de ocasión. Plantea una línea clara: la paz no puede seguir subordinada a intereses estratégicos que se presentan como inevitables. Y, sobre todo, expone la distancia entre el discurso dominante y la realidad concreta que viven millones de personas fuera de los centros de poder. En un mundo donde la guerra vuelve a naturalizarse, el llamado del presidente brasileño funciona como un recordatorio incómodo: no hay fatalidad en los conflictos, hay decisiones. Y mientras esas decisiones sigan sosteniéndose en narrativas que justifican lo injustificable, la posibilidad de frenar la escalada seguirá siendo postergada.
M.T.



