Entre algoritmos, discursos oficiales y cambios en el consumo cultural, se consolida un proceso que no solo desplaza expresiones artísticas propias, sino que también reconfigura la memoria colectiva. El negacionismo del terrorismo de Estado y la desvalorización de lo nacional aparecen como síntomas de una transformación más profunda: la construcción de una cultura funcional al poder. La identidad cultural de una sociedad no se pierde de un día para otro. No desaparece con un decreto ni se borra con una decisión administrativa. Se erosiona, se disuelve lentamente, a través de mecanismos más sutiles: la sustitución de sus símbolos, la deslegitimación de su historia y la instalación de nuevos sentidos que terminan por redefinir qué vale y qué no dentro de una comunidad. En ese proceso, el arte y la memoria ocupan un lugar central. No son elementos decorativos de una cultura, sino sus principales vehículos de transmisión. Allí se condensan las experiencias colectivas, los conflictos, las luchas y los aprendizajes de generaciones. Cuando esas expresiones son desplazadas o ridiculizadas, lo que se afecta no es solo la producción cultural, sino la capacidad de una sociedad para reconocerse en su propia historia. Desde una perspectiva sociológica, este fenómeno puede entenderse cómo una forma de hegemonía cultural, en línea con lo planteado por Antonio Gramsci. El poder no necesita imponer de manera directa: le alcanza con instalar un sentido común que naturalice ciertos valores y descarte otros. En la actualidad, esa construcción se apoya en dispositivos concretos: medios de comunicación concentrados y plataformas digitales que organizan la visibilidad de los contenidos bajo criterios económicos. El resultado es un desplazamiento progresivo. Las expresiones culturales que emergen de la historia, del territorio y de las prácticas sociales pierden espacio frente a productos diseñados para la circulación masiva, rápida y global. No es solo una cuestión estética: es una reconfiguración del marco simbólico en el que las personas construyen su identidad. Desde la psicología social, este proceso tiene consecuencias directas. La identidad individual se forma en relación con referencias culturales compartidas. Cuando esas referencias son reemplazadas por modelos homogéneos y descontextualizados, se produce una desconexión entre la experiencia cotidiana y los símbolos disponibles para interpretarla. En términos de Henri Tajfel, se debilitan los anclajes que permiten la identificación con un grupo y se refuerzan identidades más inestables y dependientes de validación externa. A su vez, la lógica de las plataformas digitales introduce mecanismos de condicionamiento conductual. La visibilidad, él reconocimiento y la aprobación operan como refuerzos que orientan preferencias y comportamientos, en una dinámica que remite a los principios del condicionamiento formulados por B. F. Skinner. Lo que se repite se consolídalo que no aparece, desaparece del horizonte social. En este marco, la cultura deja de ser una construcción colectiva para convertirse, en parte, en un entorno diseñado. No necesariamente con un plan explícito, pero sí con una lógica clara: favorecer contenidos funcionales a determinados intereses económicos y a formas de consumo que priorizan la rapidez sobre la profundidades la Argentina, este proceso adquiere una dimensión particular porque se superpone con una disputa abierta por la memoria histórica. El terrorismo de Estado no es una interpretación ideológica: fue documentado por el propio Estado a través de la CONADEP y el informe «Nunca Más». Constituyen de los consensos básicos sobre los que se reconstruyó la democracia. Sin embargo, en los últimos años se han intensificado discursos que buscan relativizar esos hechos o reconfigurar su sentido. Bajo la idea de una “memoria completa”, se intenta diluir la responsabilidad específica del Estado en el ejercicio sistemático de la violencia. No se trata de un debate historiográfico legítimo, sino de una operación que impacta directamente en la construcción del sentido colectivo. Aquí la advertencia de Michel Foucault resulta pertinente: él poder no solo reprime, también produce verdad. Define qué es aceptable, qué puede decirse y qué debe quedar en los márgenes. Cuando el negacionismo se instala como discurso posible, lo que se altera no es solo el pasado, sino las condiciones mismas del presente. El efecto es doble. Por un lado, se debilitarlos mecanismos sociales que funcionan como límite frente a la repetición de prácticas autoritarias. Por otro, se genera una fractura psicológica: una sociedad obligada a convivir con la relativización de su propio trauma histórico. Este escenario se complementa con otro fenómeno: el desprestigio sistemático de lo que remite a la identidad nacional. La producción cultural local, las instituciones públicas vinculadas a la cultura, la educación, los lenguajes y tradiciones populares son frecuentemente objeto de burla o descalificación. Bajo la lógica de la eficiencia o la modernización, se instálala idea de que lo propio carece de valor. El problema no es la incorporación de influencias externas, que siempre formaron parte de la dinámica cultural, sino la pérdida de autonomía para producir sentido. Cuando una sociedad deja de reconocerse en sus propias expresiones, se vuelve más permeable a adoptar identidades ajenas, muchas veces funcionales a intereses que no le pertenecen. En ese contexto, la cultura deja de reflejar a la sociedad y comienza a moldearla. No a partir de una imposición directa, sino mediante la reorganización de entorno simbólico. Se redefine qué se consume, qué se admira, qué se recuerda y qué se olvida. La consecuencia es una transformación silenciosa pero profunda. Un pueblo que pierde su memoria y desprecia sus propios signos de identidad no solo se debilita culturalmente: reduce su capacidad de interpretar la realidad de proyectar un futuro propio. Defender la identidad cultural, en este escenario, no implica un repliegue conservador ni la negación del cambio. Implica sostener la memoria, preservar la capacidad crítica y garantizar que la cultura siga siendo una expresión de la sociedad, y no únicamente un instrumento de quienes tienen la capacidad de moldearla.
A.G.


