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Haydée Santamaría: el costo de la revolución

Gazzettino Italiano Patagónico by Gazzettino Italiano Patagónico
30 de marzo de 2026
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Haydée Santamaría: el costo de la revolución
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El 26 de julio de 1953, durante el asalto al Cuartel Moncada que Fidel Castro organizó para intentar derrocar a Batista, Haydée Santamaría fue capturada junto a su compañera Melba Hernández. Las llevaron a un calabozo del cuartel. Lo que ocurrió en ese calabozo las siguientes horas forma parte de los episodios más oscuros de aquella revolución que apenas comenzaba.

Los militares batistianos le trajeron a Haydée los ojos de su hermano Abel. Le dijeron que si no hablaba, lo que quedaba de él sufriría más. Después le trajeron la muela de su novio Boris Luis Santa Coloma, que también había sido capturado. Le dijeron lo mismo. Haydée Santamaría los miró. No habló. Abel murió torturado esa misma noche. Boris también.

Tenía veintiocho años ese 26 de julio. Cualquier análisis de lo que vino después —la prisión, el exilio en México, el Granma, la sierra, el triunfo de la revolución en 1959 y los décadas que siguieron— tiene que empezar en ese calabozo, con esa mujer que eligió callar mientras perdía todo en unas pocas horas. No porque lo que hizo fuera simple. Sino porque fue el acto que definió todo lo que vendría.

Haydée Santamaría había nacido en 1923 en Encrucijada, en la provincia de Las Villas, en el centro de Cuba. Era hija de trabajadores rurales, sin educación universitaria, sin conexiones políticas. Tenía, en cambio, una claridad moral y una capacidad de organización que hombres con el triple de recursos nunca alcanzaron. Cuando Fidel Castro comenzó a organizar el movimiento que asaltaría el Moncada, Haydée y Abel fueron de los primeros reclutados. No como soldados de segunda fila: como organizadores centrales.

Después de la prisión y la amnistía, del exilio en México donde el grupo que se convertiría en el Ejército Rebelde se entrenó en secreto, del desembarco del Granma en diciembre de 1956 y los años de guerrilla en la Sierra Maestra, cuando la revolución triunfó el 1 de enero de 1959 Haydée Santamaría podría haber reclamado cualquier cargo. Tenía los méritos. Tenía el reconocimiento de sus compañeros.

Eligió la cultura.

En 1959 fundó la Casa de las Américas, institución que dirigió hasta su muerte y que se convirtió en uno de los centros culturales más importantes de América Latina durante el siglo XX. La idea era simple en su enunciado y extraordinariamente compleja en su ejecución: crear un espacio donde la cultura latinoamericana pudiera encontrarse, dialogar, publicarse, premiarse, sin las mediaciones del mercado editorial norteamericano o europeo que dominaba lo que llegaba y lo que no llegaba a los lectores del continente.

Invitó a escritores, artistas, cineastas, músicos y pensadores de toda América Latina. Organizó concursos literarios que lanzaron las carreras de autores que hoy son canónicos. Publicó la revista Casa de las Américas, que durante décadas fue una de las publicaciones culturales de referencia en español. Llevó a La Habana a figuras como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa —antes de las rupturas políticas que fracturarían esas relaciones—, y a decenas de artistas que encontraron en la Casa un espacio de intercambio que ninguna otra institución del continente ofrecía.

Pero el peso de lo que había visto y perdido el 26 de julio de 1953 nunca la soltó del todo. Sus compañeros de aquella generación recordaron siempre en ella una tristeza de fondo, una melancolía que el entusiasmo y la energía de su trabajo cultural no llegaban a cubrir completamente. Había pagado un precio que nadie podía pagar y seguir igual.

El 26 de julio de 1980 —aniversario exacto del Moncada, veintisiete años después— Haydée Santamaría se suicidó. Tenía cincuenta y siete años. Cuba tardó en hablar de su muerte con honestidad. La incomodidad de una heroína revolucionaria que no resistió era demasiado compleja para el relato oficial que necesitaba figuras sin grietas. Pero las grietas eran también parte de la verdad.

La Casa de las Américas, que sigue funcionando hoy en La Habana, es su respuesta más duradera y honesta. Construyó algo que la sobrevive y que sigue siendo útil. En un continente donde tantas instituciones nacen y mueren con sus fundadores, eso es una forma extraordinaria de persistencia.

“La cultura es también una forma de combatir.”  — Haydée Santamaría

M.T.

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