Tres liderazgos —Felipe Sapag, Jorge Sobisch y Jorge Sapag— tres modelos de partido y una derrota que obliga al MPN a preguntarse, por primera vez en seis décadas, para qué existe.

El 16 de abril de 2023 ocurrió algo que durante décadas pareció imposible: el Movimiento Popular Neuquino perdió una elección provincial. No la perdió ante una oposición forjada desde afuera. La perdió ante Rolando Figueroa, un hombre que había sido diputado nacional y vicegobernador por el propio MPN antes de abandonarlo para construir el frente Neuquinizate.
Apenas tres puntos separaron a los candidatos, pero el resultado fue definitivo en su significado: por primera vez desde 1961, Neuquén tendrá un gobernador que no surgió del partido que la fundó como provincia.
Ese dato —que el verdugo fuera un hijo disidente y no un enemigo externo— es la clave interpretativa de todo lo que vino después. No hubo una fuerza nueva que derrotara al MPN: el MPN se derrotó a sí mismo. O más precisamente: se derrotó la versión del MPN que había olvidado por qué existía.
Para entender cómo se llega a ese punto, hay que recorrer la historia del partido a través de sus tres grandes momentos de liderazgo. Tres figuras, tres concepciones radicalmente distintas de qué debe ser un partido político provincial: Felipe Sapag, el fundador que construyó un Estado donde no había nada. Jorge Sobisch, el gerente que quiso modernizar a cualquier precio. Y Jorge Sapag, el tecnócrata que navegó el boom de Vaca Muerta sin lograr transformarlo en renovación política. Tres modelos que dejaron huellas distintas. Y tres lecciones que el partido necesita leer bien si quiere volver.

FELIPE SAPAG: CUANDO EL PARTIDO ERA UNA PROMESA DE PROVINCIA
Felipe Sapag gobernó Neuquén en cinco oportunidades distintas a lo largo de más de tres décadas. Nacido en 1917 en Zapala, de ascendencia libanesa, comenzó su carrera política como concejal e intendente de Cutral Có bajo el peronismo, antes de que la Provincia de Neuquén siquiera existiera como entidad política autónoma. Cuando la proscripción peronista de 1955 y la creación de la nueva provincia abrieron un vacío de representación, Felipe y sus hermanos Elias y Amado Sapag respondieron con una apuesta audaz: fundar un partido propio que no dependiera de Buenos Aires ni de Perón.
El MPN nació así con una paradoja en su ADN: era un peronismo sin Perón, o más exactamente, un peronismo que se negaba a disolverse en el partido nacional para convertirse en identidad neuquina propia. Esa paradoja fundacional —ser a la vez parte de una tradición y ruptura con ella— definiría al partido durante décadas.
«Durante setenta años los neuquinos han sido extranjeros en la propia patria, sin derecho cívico ni representantes en el Congreso. Hoy comienza una nueva historia.» — Felipe Sapag, discurso de asunción, 1963.
Lo que Sapag hizo entre 1963 y los noventa no fue simplemente ganar elecciones: fue construir una provincia. La fundación de la Universidad del Neuquén en 1964 —que el obispo local pronosticó sería «una escuela de comunistas»—, la creación del COPADE, del Banco Provincia y del Parque Industrial, la expropiación de tierras para familias pobres, la entrega de más de medio millón de hectáreas a comunidades originarias. No era un programa de gobierno: era un proyecto de sociedad.
El estilo de Sapag era el del caudillo popular de base territorial —no el demagogo, sino el que conoce el nombre de cada vecino del interior más recóndito, que construye lealtades desde la presencia física y afectiva. Según distintos testimonios, recordaba por nombre los problemas de ciudadanos de los valles más alejados. Era una política de proximidad que descansaba en una convicción simple: el Estado debe llegar donde el mercado no llega ni llegará.
El federalismo como programa
El sapagismo articuló tres ejes que se reforzaban mutuamente. El primero era el federalismo militante: la convicción de que Buenos Aires saqueaba las riquezas patagónicas y que la política neuquina debía ser, ante todo, una política de defensa de los recursos propios. Cuando en 1973 Perón le ordenó disolver el MPN y reincorporarse al PJ nacional, Sapag respondió con la frase que se volvió emblema: «los neuquinos nos hemos puesto los pantalones largos». Neuquén fue la única provincia donde un partido provincial derrotó al PJ en aquellas elecciones.
El segundo eje era el desarrollismo social: la renta del petróleo debía transformarse en infraestructura, educación, salud y vivienda para todos. El tercero era la construcción de una identidad neuquina: el partido como proyecto civilizatorio de una provincia nueva que debía forjarse su propia historia. En su último gobierno, en 1997, Sapag ya advertía: el crecimiento basado únicamente en la renta petrolera tiene un límite. Era una advertencia que sus sucesores no siempre escucharon.
Desde el punto de vista organizacional, el sapagismo fundacional representó lo que podríamos llamar una hegemonía inclusiva: una red compleja de lealtades territoriales que articulaba figuras de primer nivel (los propios Sapag), de segundo nivel (intendentes, dirigentes sindicales, empresarios locales) y de base (militantes barriales, maestros, vecinalistas). El MPN siempre tuvo corrientes internas y disputas, pero se dirimían dentro del partido. La legitimidad no descansaba solo en el carisma del líder: descansaba en hospitales construidos, escuelas abiertas, rutas trazadas y tierras reconocidas.

JORGE SOBISCH: EL GERENTE QUE ROMPIÓ EL CONTRATO SOCIAL
Jorge Sobisch irrumpió en la conducción del MPN en 1991 luego de un duro enfrentamiento con los caudillos del partido. No era un Sapag: no venía de la familia fundadora, no tenía el carisma popular del viejo caudillo. Era un hombre de empresa —fundador de una empresa gráfica—, de perfil técnico-gerencial, que miraba el Estado con ojos de administrador antes que de transformador social. Gobernó en tres mandatos (1991-1995, 1999-2003, 2003-2007) y representó el intento más sostenido de reconvertir al MPN hacia posiciones neoconservadoras.
El sobischismo adoptó el vocabulario de los años noventa: eficiencia, modernización, competencia, apertura. Sus propios detractores dentro del partido —incluido Felipe Sapag— lo acusaron de haber adoptado «un modelo neoliberal, autoritario y sin diálogo». La acusación era justa en lo esencial. Hubo resultados positivos en infraestructura, pero también una concentración creciente del poder que debilitó las instituciones provinciales, un uso de la publicidad oficial como arma contra medios críticos y denuncias por intentos de soborno a legisladores para garantizar quórum en la designación de jueces.
Fuentealba: la bala que rompió todo
Pero ningún hecho marcó al sobischismo con la intensidad del asesinato del docente Carlos Fuentealba, el 4 de abril de 2007. Fuentealba era maestro, padre de familia, un ciudadano que ejercía el derecho constitucional a la protesta en una ruta neuquina. Murió por un disparo de un efectivo policial durante el desalojo de una manifestación gremial que el propio gobernador había ordenado.
El caso no fue solo una tragedia humana de primera magnitud: fue el punto de quiebre de una promesa histórica. El sapagismo había construido durante décadas la imagen de un partido popular, protector de los más débiles, defensor de los trabajadores. Esa imagen —que era también parte del contrato entre el MPN y la sociedad neuquina— se rompió irreparablemente en aquella ruta. El MPN sobischista no era ya el partido que había llevado la educación al interior profundo; era el partido que le disparaba a un maestro.
El MPN sobischista no era ya el partido que había llevado la educación al interior profundo. Era el partido que le disparaba a un maestro en una ruta.
La causa Temux: dinero público, impunidad y redes de protección
Pero el caso Fuentealba no fue el único escándalo del período. En paralelo, la opinión pública neuquina fue conociendo los detalles de lo que se llamaría la «causa Temux»: una estafa de proporciones contra el Banco de la Provincia del Neuquén (BPN) perpetrada entre 2002 y 2004, durante el segundo mandato de Sobisch. Funcionarios del banco y empresarios del grupo Temux —una comercializadora de carnes vinculada a la cuota Hilton— maniobró para extraer del erario provincial más de veinte millones de dólares en operaciones que el Banco Central calificó luego como irrecuperables.
El caso tardó una década en llegar a juicio. En 2015 se dictaron condenas con penas de ejecución condicional. El Tribunal Superior de Justicia terminó sobreseyendo a los principales condenados por vencimiento de plazos procesales, generando una percepción social de impunidad que persiste hasta hoy. En diciembre de 2025, durante la lectura del veredicto por otra causa vinculada al MPN —los planes sociales truchos—, el juez Juan Manuel Kees invocó explícitamente a Temux al sostener que el caso «se explica más por razones políticas que jurídicas» y que en aquellos años «existían condiciones estructurales que favorecían la impunidad». La alusión era una crítica directa al sistema político-judicial que el sobischismo había edificado: una red en la que la designación de jueces, la conducción del Ministerio Público y la logística legislativa funcionaban como escudo del poder ejecutivo.
La herencia institucional del sobischismo
Desde el punto de vista organizacional, Sobisch representó el liderazgo plebiscitario llevado a su extremo: el partido como vehículo personal del conductor, que subordina las instancias institucionales a su figura. Nunca logró construir una mayoría interna duradera dentro del MPN: ganó las internas de 1991, 1999 y 2003, pero perdió siempre que los Sapag presentaron candidatos fuertes. Al final de su trayectoria, ya fuera del partido, reconoció que «la dirigencia del MPN conducía el partido alejada de la gente» —una crítica que también podía aplicarse perfectamente a su propio gobierno.
La herencia del sobischismo fue una tensión no resuelta que el MPN cargaría por décadas: entre la lógica del partido-máquina eficiente orientado al mercado y la tradición sapagista de partido-movimiento con base territorial y compromiso social.

JORGE SAPAG: EL BOOM DE VACA MUERTA Y LA ILUSIÓN DE LA ABUNDANCIA
Jorge Sapag, sobrino de Felipe e hijo de Elias, asumió la gobernación en 2007 en condiciones difíciles. La muerte de Fuentealba había manchado la imagen del MPN; la sociedad neuquina venía de ocho años de liderazgo sobischista con fracturas profundas. Su sola llegada al poder cumplía una función simbólica: el retorno del apellido histórico como señal de que el partido recordaba de dónde venía.
Pero Jorge Sapag fue mucho más que un apellido. Sus dos mandatos (2007-2015) estuvieron definidos por un hecho de trascendencia histórica: el desarrollo del fracking y el descubrimiento y puesta en valor de Vaca Muerta. Antes de asumir, Sapag viajó a Canadá para interiorizarse sobre la estimulación hidráulica. Allí comenzó el proceso de renegociación de concesiones y atracción de inversión que transformaría a Neuquén, en poco más de una década, en uno de los yacimientos no convencionales más importantes del mundo.
En lo social, su gobierno intentó reconstruir la relación del Estado provincial con los trabajadores y los sindicatos, herida por el caso Fuentealba. Se autolimitó la facultad del gobernador para designar jueces del Tribunal Superior —un reconocimiento implícito de que la concentración de poder judicial había sido uno de los pecados del sobischismo. Se incrementó la participación provincial en la renta hidrocarburífera del 12% al 18%.
El éxito económico que no alcanzó
El modelo de Jorge Sapag puede caracterizarse como tecnocracia progresista con base social: gestión técnicamente competente en lo energético combinada con políticas sociales que intentaban preservar los equilibrios redistributivos del sapagismo fundacional. Era, en cierto sentido, una síntesis virtuosa: tomaba del sobischismo la orientación a la eficiencia y recuperaba del sapagismo el compromiso con el Estado como instrumento de desarrollo.
Sin embargo, su punto más vulnerable fue la gestión del poder interno. La elección de Omar Gutiérrez como sucesor en 2015 y, más tarde, la decisión de imponer a Marcos Koopmann —un candidato percibido como débil y sin proyecto propio— en lugar de habilitar la competencia interna que el MPN históricamente había practicado, dejaron al partido sin el regenerativo que todo organismo político vivo necesita.
La gran paradoja del MPN es que gobernó el mayor boom económico de su historia y perdió la elección de todos modos. La riqueza llegó al Estado. No llegó con la misma intensidad a todos los neuquinos.
El MPN en esta etapa se fue transformando en lo que los politólogos denominan partido de gobierno por excelencia: una organización cuya razón de ser es la administración del Estado, y que pierde vitalidad cuando pierde el acceso a los recursos estatales. Los intendentes del interior que terminaron alineados con Figueroa luego de la derrota no lo hicieron por convicción ideológica: lo hicieron porque el tesoro provincial estaba ahora en otras manos. El partido había confundido la lealtad al Estado con la lealtad al partido.
«No hubo una convocatoria para definir cómo el partido se iba a reorganizar de cara al 16 de abril de 2023. Hubo ausencia de debate orgánico», reconoció el diputado Llancafilo con una franqueza poco común en la política neuquina. Esa frase es, quizás, el diagnóstico más preciso de lo que falló.
TRES MODELOS, UNA MISMA PREGUNTA SIN RESPONDER
Los tres liderazgos examinados no representan simplemente diferencias de estilo o temperamento. Representan concepciones radicalmente distintas del partido político como institución, del vínculo entre el Estado y la sociedad, y de la función que debe cumplir el MPN en la vida neuquina.
Felipe Sapag encarnó el modelo del partido-movimiento con vocación transformadora: el MPN como proyecto de provincia, donde la acumulación electoral era un medio y no un fin. Su legitimidad descansaba en realizaciones concretas —universidades, hospitales, viviendas, tierra para las comunidades— y en una relación directa y afectiva entre el liderazgo y la sociedad. Su debilidad estructural fue la dependencia del carisma fundador y la tendencia a la concentración familiar del poder.
Jorge Sobisch encarnó el modelo del partido-máquina orientado al mercado: eficiencia, modernización, reducción del Estado. Su legitimidad prometía una gestión técnicamente superior en lugar de un proyecto de transformación social. Su fracaso fue doble: rompió con las bases populares que habían construido la identidad sapagista, y la concentración plebiscitaria del poder debilitó las instituciones e incentivó el abuso de autoridad.
Jorge Sapag encarnó el modelo del partido de gobierno con gestión tecnocrática: competente en lo energético, moderado en lo social, institucionalista en las formas. Posicionó a Neuquén en el mapa energético mundial. Pero el partido fue vaciándose de contenido militante hasta convertirse en una máquina de administración estatal que dependía del acceso al poder para mantener su cohesión. Cuando perdió el poder, la máquina se desmembró.
La pregunta que el MPN debe responder hoy no es cuándo va a recuperar el gobierno. Es para qué. Un partido sin respuesta sustantiva a esa pregunta puede ganar por inercia. No puede construir hegemonía duradera.
EL NEUQUÉN DE 2026: ESCENARIO NUEVO, PARTIDO VIEJO
El Neuquén en el que el MPN debe reconstruirse es radicalmente distinto al de cualquier etapa anterior. Vaca Muerta no es ya una promesa: es la realidad que motoriza la economía provincial y la coloca en el centro de la agenda energética argentina y global. Las proyecciones indican crecimiento sostenido hasta al menos 2032. Pero ese crecimiento convive con desigualdades profundas: Añelo y su área de influencia concentran la riqueza del subsuelo, mientras vastas zonas del interior neuquino —los departamentos del norte, los crianceros de la meseta, las comunidades mapuches del sur— ven ese boom desde la distancia.
La provincia que quintupicó su población bajo el sapagismo tiene hoy una capital que supera los 350.000 habitantes, ciudades satélite en expansión, y una demanda habitacional, de servicios y de infraestructura que el Estado no ha podido satisfacer al ritmo de la riqueza producida. Mientras tanto, el gobierno de Javier Milei ha disuelto la Secretaría de Vivienda y desfinanciado programas nacionales, avanzando en una lógica que puede afectar a Neuquén de maneras todavía no del todo calibradas.
La escena política está dominada por Figueroa, que construyó una alianza amplísima incorporando a dirigentes del MPN, radicales, peronistas, macristas y libertarios. El MPN, como organización, ocupa una posición paradojal: parte de sus cuadros se integraron al oficialismo provincial, otra parte mantiene la oposición desde la lista Azul conducida por Jorge Sapag, y otra fracción orbita en torno al referente sindical Marcelo Rucci. El intendente Mariano Gaido, quien aparecía como un hombre llamado a liderar la resurrección del partido que le dió todo, se ha apartado de la vida orgánica del MPN y consolidó su propio espacio político, Primero Neuquén. En el escenario actual parece funcionar sincronizado con el gobernador Rolando Figueroa —quien buscará su reelección en 2027— y no aparece entre los interesados en la revitalización partidaria del histórico movimiento provincial.
La derrota de 2023 no fue producto de una única causa. Los propios dirigentes del MPN señalaron varias: ausencia de debate orgánico, desconexión de la dirigencia con las necesidades de la gente, incapacidad para renovar cuadros y el error estratégico de haberle cerrado las puertas a Figueroa dentro del partido. Pero el diagnóstico de fondo es más severo: el MPN se fue vaciando de contenido programático e ideológico. En los años de Vaca Muerta, gobernar era fácil porque los recursos fluían. La abundancia material sustituyó al debate político. El partido perdió la costumbre de preguntarse para qué existía.
EL MODELO PARA LA RECONSTRUCCIÓN: NI PUREZA NI ECLECTICISMO
La pregunta de cuál de los tres modelos es el «adecuado» para la coyuntura actual no admite una respuesta simple. Ninguno puede replicarse tal cual: el contexto social, económico e institucional de Neuquén en 2026 es radicalmente distinto al de 1963, al de 1991 o al de 2007. Pero sí es posible extraer de cada experiencia los elementos virtuosos y construir una síntesis que responda a los desafíos del presente.
Del sapagismo fundacional hay que recuperar la dimensión comunitaria y transformadora: la idea de que el partido existe para construir una provincia más justa, no solo para administrarla. En concreto, eso significa formular un programa claro de redistribución de la renta de Vaca Muerta hacia el interior provincial, la vivienda, la infraestructura y la diversificación económica. La advertencia de Felipe Sapag en 1997 —el crecimiento basado en la renta petrolera tiene un límite temporal— es hoy más urgente que nunca, cuando la transición energética global pone un horizonte al modelo extractivo neuquino.
Del sobischismo hay una sola lección genuinamente rescatable: la orientación hacia la eficiencia y la competencia técnica en la gestión. Pero esa eficiencia debe estar al servicio de un proyecto social, no del mercado como fin en sí mismo. El sobischismo demostró que un partido sin horizonte de justicia social pierde su base popular y termina siendo capturable por los intereses más concentrados.
Del modelo de Jorge Sapag hay que conservar la competencia técnica en materia energética —un activo que ningún otro partido provincial ni nacional posee en igual medida— y la apuesta por la renovación generacional que su gestión inició sin completar.
La relación con Figueroa: oposición inteligente
El MPN enfrenta la trampa clásica de la oposición: si se subordina a Figueroa —como ya están haciendo varios de sus cuadros— pierde su identidad y su razón de ser como partido diferenciado. Si se opone de manera frontal e indiscriminada, arriesga quedar fuera del marco colaborativo que la ciudadanía neuquina valora, especialmente en un contexto donde la confrontación con el gobierno nacional requiere cierta unidad provincial.
La salida inteligente es la oposición constructiva selectiva: acompañar al gobierno provincial en la defensa de los recursos y del federalismo frente a Buenos Aires, pero diferenciarse con claridad en las políticas de distribución interna. Ser más sapagistas que Figueroa en materia social. Más exigentes en la transparencia. Más presentes en los territorios que el oficialismo no atiende. Y construir cuadros propios con un proyecto propio para 2027.
LA PREGUNTA DE 1963 SIGUE SIN RESPUESTA
El MPN tiene una ventaja que ningún otro partido de la Argentina puede reclamar: ha gobernado ininterrumpidamente durante seis décadas una de las provincias más complejas y ricas del país. Ha demostrado capacidad para reinventarse —del sapagismo al sobischismo y de vuelta al sapagismo— sin destruirse. Esa resiliencia no es azarosa: viene de una arraigada identidad territorial y de una tradición de construcción estatal que dejó huellas visibles en la vida cotidiana de los neuquinos.
La derrota de 2023 no es el fin del MPN. Puede ser el comienzo de su renovación más profunda, si la dirigencia tiene la lucidez de entender que el partido no perdió porque apareció una oposición invencible, sino porque perdió el contacto con su propio sentido de ser. La síntesis que hoy se necesita no es elegir entre Felipe, Sobisch y Jorge Sapag: es comprender qué aportó cada uno, qué error cometió cada uno, y diseñar a partir de esas lecciones un partido capaz de hablar al neuquino del siglo XXI.
Ese neuquino trabaja en un yacimiento de shale o en una aula del interior. Vive en un barrio de la capital o cría animales en la meseta. Habla el español de los migrantes llegados del norte o el mapudungun de sus abuelos. Es una sociedad más compleja, más urbana, más conectada y más exigente que la de 1963. El partido que pueda representarla genuinamente —con competencia técnica y arraigo popular, con proyecto social y eficiencia de gestión— será el partido que vuelva a ganarse su confianza.
La pregunta que Felipe Sapag hacía en 1963 sigue siendo la pregunta fundante: ¿para qué existe este partido? Si el MPN no tiene hoy una respuesta convincente, ningún líder —por más carismático que sea— podrá devolverle la vitalidad que necesita.
La historia del MPN es también la historia de una provincia que aprendió a gobernarse a sí misma. No es poca cosa. Y es, quizás, la mejor brújula para orientar su camino de regreso.
A.G.

