El sociólogo Zygmunt Bauman describió nuestra época como una modernidad líquida: vínculos frágiles, identidades inestables, relaciones descartables. En sus investigaciones sobre la sociedad contemporánea advirtió que cuando los lazos humanos se debilitan, crece el miedo al otro. Y cuando el miedo domina, aparece el rechazo. El racismo, la xenofobia y la exclusión no nacen solo del odio, sino de la inseguridad social y del sentimiento de amenaza permanente. La psicología social lo confirma. Estudios clásicos de Henri Tajfel sobre identidad grupal demostraron que los seres humanos tienden a dividir el mundo en «nosotros» y «ellos» incluso cuando las diferencias son mínimas o artificiales. Cuando esta lógica se intensifica —en contextos de crisis, desigualdad o propaganda política— el otro deja de ser persona y se convierte en categoría. Y cuando el otro es solo una categoría, la violencia se vuelve posible. El psicólogo Erich Fromm, en El miedo a la libertad y El arte de amar, sostuvo que las sociedades modernas producen individuos cada vez más aislados, inseguros y emocionalmente dependientes del reconocimiento externo. En ese vacío afectivo, el ser humano busca pertenecer a algo —una ideología, una nación, un enemigo— aunque eso implique renunciar a la empatía. Fromm advertía que el odio colectivo muchas veces funciona como sustituto de sentido.
Hoy vemos esa dinámica amplificada
La investigación contemporánea en comunicación y comportamiento digital —como los trabajos del MIT sobre difusión de información emocional en redes— demuestra que los contenidos que generan ira, miedo o indignación se propagan más rápido que aquellos que apelan a la reflexión. La emoción primaria vence al pensamiento crítico. No se argumenta: se reacciona. No se comprende: se ataca.
Así se instala el odio político
El adversario deja de ser legítimo. Se lo ridiculiza, se lo deshumaniza, se lo convierte en amenaza moral. La historia muestra hacia dónde conduce ese proceso. Hannah Arendt, al analizar los totalitarismos, explicó que el primer paso hacia la violencia masiva es la deshumanización del otro: cuando una vida deja de ser percibida como vida, cualquier atrocidad puede justificarse.
El presente ofrece ejemplos dolorosos
En Gaza, organismos internacionales, académicos y organizaciones humanitarias han documentado destrucción masiva, muerte de civiles y una tragedia humanitaria sostenida ante la mirada muchas veces indiferente del mundo. Más allá de las posiciones políticas, el dato sociológico es inquietante: la capacidad global de habituarse al sufrimiento ajeno. En Ucrania, la guerra prolongada confirma lo que el sociólogo Norbert Elias describió como el fracaso del proceso civilizatorio cuando la violencia vuelve a ser herramienta política. Generaciones crecen bajo la normalización de la guerra. Y cuando la guerra se normaliza, la sensibilidad humana se erosiona. La psicología lo denomina fatiga empática: cuando la exposición constante al dolor produce indiferencia. El sufrimiento deja de conmover. Se vuelve paisaje. Mientras tanto, en muchas sociedades se fortalece un fenómeno estudiado por la sociología política contemporánea: la radicalización emocional. Investigaciones de Pippa Norris y Ronald Inglehart sobre el giro cultural y político en Occidente señalan que, ante la incertidumbre económica y social, sectores de la población reaccionan refugiándose en identidades rígidas, discursos excluyentes y liderazgos que apelan más a la emoción que a la razón. No es solo ideología: es miedo transformado en narrativa Y en ese clima, el amor parece ingenuo. Débil. Irrelevante
Cestas de regalo
Sin embargo, desde la psicología humanista hasta la filosofía clásica, el amor ha sido entendido no como emoción romántica sino como fuerza estructural de la vida social. Fromm lo definía como una práctica activa: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento del otro. No es sentimiento pasivo, sino decisión consciente. El problema es que la cultura contemporánea ha reemplazado el ser por el tener. El filósofo Herbert Marcuse ya advertía que las sociedades de consumo producen individuos orientados a la acumulación material como sustituto de realización personal. Pero cuanto más se tiene, más se vacía el sentido. La felicidad se vuelve inalcanzable porque se busca afuera lo que pertenece al interior humano. La sociología del bienestar lo confirma: múltiples estudios longitudinales —como el Harvard Study of Adult Development, uno de los más extensos del mundo— concluyen que la variable más consistente asociada a una vida plena no es la riqueza, ni el éxito, ni el poder, sino la calidad de los vínculos afectivos.
Sin afectos, no hay humanidad posible
Por eso, en tiempos de odio, el amor se vuelve un acto de resistencia. No como romanticismo, sino como postura ética. Amar es negarse a deshumanizar. Es reconocer dignidad incluso en la diferencia. Es resistir la lógica del enemigo. Es sostener la empatía cuando el entorno premia la agresión. La filosofía existencial —de Martin Buber a Emmanuel Levinas— sostuvo que el ser humano se realiza en el encuentro con el otro. El «yo» aislado se empobrece; el «yo» en relación se humaniza. El rostro del otro —decía Levinas— es un llamado ético: nos obliga a reconocer humanidad más allá de toda diferencia. Tal vez, entonces, el amor no sea un lujo emocional, sino la última defensa de la civilizaciónCestas de regalo Amar —en este tiempo— no es ignorar el dolor del mundo, sino negarse a reproducirlo. Es elegir humanidad cuando la historia muestra su lado oscuro. Es recordar que antes de ser ideologías, banderas o posiciones, somos seres humanos vulnerables, finitos, necesitados de afecto. Quizás el verdadero sentido de este 14 de febrero no sea celebrar un sentimiento, sino recuperar una decisión: poner el ser por sobre el tener, los vínculos por sobre las cosas, la empatía por sobre el odio. Porque cuando el amor desaparece, no solo se enfrían los corazones. Se enfría la humanidad.
A.G.


