Con una vara y la luz del sol, Eratóstenes de Cirene midió la circunferencia de la Tierra hace más de dos mil años. El pozo de Elefantina le reveló un secreto que cambiaría para siempre la forma de entender el mundo.
Eratóstenes de Cirene (276 a.C. – 194 a.C.) fue uno de los grandes sabios de la Antigüedad. Nacido en Cirene, en el norte de África —hoy territorio de Libia—, destacó como matemático, astrónomo, geógrafo, filósofo y poeta. Su vida transcurrió en el período helenístico, una época de extraordinario desarrollo intelectual. Fue director de la famosa Biblioteca de Alejandría, donde reunió conocimientos de todas las disciplinas conocidas de su tiempo. En un mediodía abrasador de verano, hace más de dos mil años, el sol caía a plomo sobre la isla de Elefantina, en el sur de Egipto. Las sombras desaparecían, y los rayos del astro rey iluminaban el fondo de un pozo tan profundo que, en cualquier otro día del año, habría permanecido en penumbras. Fue allí donde un hombre —curioso, metódico y soñador— descubrió la clave para medir la Tierra sin recorrerla. Su nombre era Eratóstenes de Cirene. Matemático, astrónomo, filósofo, poeta y, sobre todo, amante del conocimiento, Eratóstenes nació en el año 276 a.C. en Cirene, una ciudad del norte de África. Su inteligencia lo llevó hasta Alejandría, donde se convirtió en director de la legendaria Biblioteca, el corazón del saber del mundo antiguo. Pero su mente no se conformaba con leer los libros: quería comprobar con sus propios ojos cómo funcionaba el universo.
El misterio de un pozo sin sombra
Eratóstenes había oído hablar de un fenómeno curioso: en la ciudad de Siena (hoy Asuán), durante el mediodía del solsticio de verano, los objetos no proyectaban sombra alguna. Ni los templos, ni los hombres, ni siquiera el fondo de un pozo. El sol, en ese instante preciso, parecía situarse justo encima de sus cabezas. Intrigado, comparó esa observación con lo que sucedía al mismo tiempo en Alejandría, unos 800 kilómetros al norte. Allí, las sombras existían, y además se podían medir. Eratóstenes comprendió que esa diferencia escondía un secreto más grande: la Tierra debía ser curva.
Un cálculo que asombró al mundo
Con una vara, un obelisco y la geometría como herramientas, Eratóstenes midió el ángulo que formaba la sombra en Alejandría: 7 grados y 12 minutos, exactamente una cincuentava parte del círculo completo. Si la distancia entre ambas ciudades representaba esa fracción del globo, bastaba multiplicarla por 50 para conocer la medida total de la circunferencia terrestre. El resultado fue de unos 39.375 kilómetros, apenas un uno por ciento menor que la cifra real conocida hoy. Todo eso, sin telescopios, sin mapas precisos, sin satélites… solo con la luz del sol, la lógica y una mente brillante.
El hombre que midió el planeta
Eratóstenes fue el primero en llamar «geografía» al estudio de la Tierra, y su experimento en el pozo de Elefantina marcó el nacimiento de la ciencia que mide el mundo. También elaboró mapas con líneas de latitud y longitud, estudió la inclinación del eje terrestre y calculó la distancia al Sol y a la Luna. Pero, más allá de sus cifras, su legado es una lección sobre la curiosidad humana: la capacidad de mirar un fenómeno cotidiano —una sombra, un reflejo— y descubrir en él las dimensiones del planeta entero. A veces, los mayores descubrimientos no nacen de grandes viajes, sino de saber mirar el mundo con ojos nuevos.



