Llegó de un pueblo de los Alpes a los seis años y, en una Buenos Aires que no le tenía reservado ningún lugar, forzó cada puerta hasta convertirse en la primera mujer que votó en Sudamérica. Como tantos en esta serie, nació lejos y eligió dar acá las batallas que valían la pena: las de quienes entienden que la patria no se hereda, se elige.
LOS ARGENTINOS NACEN DONDE QUIEREN
Nacer es un accidente de geografía; pertenecer, una decisión. Sobre esa diferencia se levanta esta serie. Los argentinos nacen donde quieren reúne las historias de quienes llegaron desde otras tierras —arrastrados por el hambre, la guerra, la persecución o, a veces, apenas por las ganas de empezar de nuevo— y que, en vez de quedarse mirando de costado, se arremangaron y le dieron forma a este país. No vinieron a pedir permiso: vinieron a discutir, a construir y a pelear por lo que acá importaba. Cada entrega rescata a uno de esos extranjeros que se volvieron imprescindibles y que, sin haber nacido en estas tierras, terminaron siendo más argentinos que muchos nacidos aquí. En esta segunda entrega, la historia de una nena que cruzó el océano desde un pueblo de los Alpes y creció hasta torcerle el brazo a un país entero.
El domingo 26 de noviembre de 1911, en el atrio de una iglesia del barrio de La Boca, una mujer hizo algo que el sistema político argentino consideraba sencillamente imposible: votó. Se llamaba Julieta Lanteri, tenía 38 años y acababa de ganarle más de un pleito al Estado. El presidente de mesa, nada menos que el historiador Adolfo Saldías, la saludó y le hizo saber que estaba presenciando un hecho inédito: el voto de la primera mujer en la Argentina y una de las primeras de América Latina. Para que ese gesto se convirtiera en ley para todas las mujeres faltarían más de tres décadas. La protagonista de esa escena fundacional había nacido el 22 de marzo de 1873 en Briga Marittima, un pueblo de montaña de la provincia de Cuneo que entonces pertenecía a Italia. Su familia no respondía al estereotipo del inmigrante que huía del hambre: según distintas reconstrucciones biográficas, su padre, Antonio Lanteri, era un propietario con una posición económica acomodada, circunstancia que le permitió a Julieta, llegada al país a los seis años, acceder a una educación excepcional para una mujer de su época. Lo que el dinero no podía comprarle era un lugar. La Argentina del aluvión inmigratorio la moldeó como argentina, pero no tenía previsto qué hacer con una mujer decidida a usar su cabeza. Porque la Buenos Aires de fines del siglo XIX no sabía dónde ubicar a una mujer de ambiciones intelectuales. La educación superior estaba prácticamente vedada para ellas y los derechos políticos directamente no existían. Lanteri decidió, con una terquedad metódica que la acompañaría toda la vida, ir abriendo esas puertas de a una. Fue la primera alumna mujer admitida en el Colegio Nacional de La Plata, por entonces una institución de varones. Después llegó la universidad. En marzo de 1896 le pidió al decano de la Facultad de Medicina, Leopoldo Montes de Oca, que la dejara ingresar, y la matrícula le fue concedida en apenas dos días: el camino ya lo habían abierto, a fuerza de pelearlo, Cecilia Grierson y Élida Passo. Se recibió de farmacéutica en 1898, presentó su tesis doctoral en 1907 y se convirtió en la quinta médica del país; durante una década ejerció como médica de la Asistencia Pública. Junto a Grierson, la primera de todas, fundó la Asociación de Universitarias Argentinas. Cada título suyo era, además de un logro personal, una demostración pública de que la exclusión no se sostenía en ninguna incapacidad, sino en un prejuicio. Su obra más audaz, sin embargo, fue política. Había propuesto en 1908 un Primer Congreso Femenino Internacional que finalmente se celebró en 1910, en pleno Centenario, con ella como secretaria. Mientras el país festejaba sus cien años con desfiles y discursos, ese encuentro ponía sobre la mesa un programa concreto de igualdad que sonaba casi a provocación. Lanteri lo decía sin vueltas: los derechos no se mendigan, se conquistan, aun antes de que la ley los reconozca. Pero conquistar derechos exigía algo previo: que el Estado la reconociera como alguien con capacidad de tenerlos. Y ahí Lanteri chocó contra un muro que ningún diploma alcanzaba para derribar, el de su propia nacionalidad. En 1909 se presentó para una adscripción a la cátedra de Enfermedades Mentales y la Facultad la rechazó por su condición de inmigrante. Si el obstáculo era ese, la conclusión resultaba evidente: había que dejar de ser extranjera. Inició entonces el trámite de naturalización, que el sistema se encargó de volver humillante. El Código Civil de 1869 consideraba incapaz a la mujer casada y le impedía hasta presentarse en juicio sin la autorización del marido; Lanteri se había casado en 1910 con Alberto Renshaw —un joven catorce años menor que ella, del que se separaría a los pocos meses—, y para avanzar con su ciudadanía necesitó que ese mismo marido firmara su consentimiento. La paradoja era brutal: para reclamar su autonomía, primero tenía que pedir permiso. Lo consiguió igual. En 1911 obtuvo la nacionalidad argentina y, en pleno debate por la reforma electoral que desembocaría en la Ley Sáenz Peña, hizo una presentación judicial tan audaz como insólita: pidió que se le reconocieran plenos derechos como ciudadana, los políticos incluidos. El fallo del juez E. Claros, luego refrendado por la Cámara Federal, le dio la razón con un argumento que es casi un manifiesto jurídico: ningún habitante puede ser privado de aquello que las leyes no prohíben de manera expresa. Con esa sentencia en la mano, el 16 de julio de 1911 quedó inscripta en el padrón de la Capital Federal, la primera mujer en lograrlo en la Argentina. El resto es la escena con la que empieza esta historia: el 26 de noviembre, en la mesa 1 de la segunda sección, en el atrio de la iglesia de San Juan Evangelista, Julieta Lanteri votó. La historia podría terminar ahí, en triunfo, pero el sistema todavía guardaba una carta. Ya nacionalizada, Lanteri volvió a golpear la puerta de la Facultad, esta vez para un cargo de profesora suplente. Se lo negaron de nuevo, solo que ahora sin el pretexto de la nacionalidad: el problema era, lisa y llanamente, que era mujer. Primero le habían dicho que no por extranjera; cuando dejó de serlo, le corrieron el arco. Y por si hiciera falta una confirmación de que su voto había sido una grieta y no una conquista consolidada, en febrero de 1912 la Ley Sáenz Peña ató el padrón electoral al enrolamiento militar, reservado a los varones, y cerró por años el camino que ella había encontrado. Lanteri llegó a presentarse para que la enrolaran; no la aceptaron. Entonces fue por más todavía: decidió ser candidata. En 1918 fundó el Partido Feminista Nacional y al año siguiente se lanzó como candidata a diputada, sabiendo de antemano que, aunque ganara, las leyes no la dejarían asumir. Lo hizo igual, porque cada campaña era a la vez una elección y una denuncia. Su plataforma, leída hoy, resulta asombrosamente actual: licencia por maternidad, subsidio estatal por hijo, igualdad civil entre hijos legítimos e ilegítimos, jornada de seis horas y salario igual para la mujer, jubilación universal, divorcio absoluto y abolición de la pena de muerte. En las elecciones de 1919 reunió 1.730 votos: todos, por definición de la época, emitidos por hombres. Programaba el futuro mientras su presente la trataba de excéntrica. El precio de tanta visibilidad fue alto. Lanteri vivía sola, no le temía ni a la soledad ni al qué dirán, y se había vuelto una figura insoportable para los sectores más reaccionarios. Llegó a confesarles a sus allegados que temía un final trágico. El presentimiento se cumplió. La tarde del 23 de febrero de 1932 —tres días después de que Agustín P. Justo asumiera la presidencia gracias a un fraude escandaloso—, mientras caminaba por Diagonal Norte y Suipacha, un automóvil se subió a la vereda en marcha atrás y la embistió. Murió dos días después en el Hospital Rawson, a los 58 años. Las sospechas crecieron cuando se supo quién manejaba: David Klappenbach, afiliado a la Legión Cívica Argentina, la organización de extrema derecha que el régimen había ungido como brazo paramilitar. Nunca se probó en la Justicia que el atropello fuera deliberado —la policía lo registró como accidente—, y la honestidad obliga a presentarlo como lo que es: una sospecha persistente, no un hecho confirmado. Pero el simbolismo es difícil de ignorar. La mujer que le había enseñado a un país entero que las leyes se leen también por lo que callan murió en plena calle, como había vivido: en el límite mismo de lo permitido. Lanteri no peleó sola, pero sí adelante de casi todas. Integró una camada pionera que, en las primeras décadas del siglo XX, empezó a reclamar educación, trabajo digno y derechos políticos en un país que imaginaba a las mujeres apenas como hijas, esposas o madres. Junto a su amiga Raquel Camaña fundó en 1911 la Liga Pro Derechos de la Mujer y del Niño, y dos años después convirtió su propia casa en sede del Congreso Nacional del Niño: entendía el feminismo como una causa amplia, ligada a la justicia social, y no como el reclamo aislado de un grupo de privilegiadas. Su mayor legado, sin embargo, fue una idea jurídica luminosa, casi tan poderosa como el voto en sí. Al demostrar que la ley no la excluía expresamente y que, por lo tanto, no podían negarle un derecho, instaló un principio que trascendió su caso: la igualdad no necesita un permiso especial para existir, sino que existe salvo prohibición concreta. Esa lectura del derecho, audaz para 1911, sería retomada una y otra vez por los movimientos por la igualdad a lo largo del siglo. La chica que había llegado de los Alpes a los seis años no solo votó: le enseñó al país una manera nueva de leer sus propias leyes. Durante décadas su nombre quedó en penumbras, hasta que la memoria histórica empezó a rescatarlo. Hoy una estación de subte porteña lleva su nombre, un reconocimiento tardío a una pionera que encaja en el espíritu de esta serie: nacida en un pueblo alpino, criada en la Argentina, decidió que este iba a ser el escenario de su pelea. Y eligió pelear por algo que, en su momento, parecía imposible y hoy nos parece evidente.
A.G.
la italiana que votó cuando ninguna mujer podía
Llegó de un pueblo de los Alpes a los seis años y, en una Buenos Aires que no le tenía reservado ningún lugar, forzó cada puerta hasta convertirse en la primera mujer que votó en Sudamérica. Como tantos en esta serie, nació lejos y eligió dar acá las batallas que valían la pena: las de quienes entienden que la patria no se hereda, se elige.
LOS ARGENTINOS NACEN DONDE QUIEREN
Nacer es un accidente de geografía; pertenecer, una decisión. Sobre esa diferencia se levanta esta serie. Los argentinos nacen donde quieren reúne las historias de quienes llegaron desde otras tierras —arrastrados por el hambre, la guerra, la persecución o, a veces, apenas por las ganas de empezar de nuevo— y que, en vez de quedarse mirando de costado, se arremangaron y le dieron forma a este país. No vinieron a pedir permiso: vinieron a discutir, a construir y a pelear por lo que acá importaba. Cada entrega rescata a uno de esos extranjeros que se volvieron imprescindibles y que, sin haber nacido en estas tierras, terminaron siendo más argentinos que muchos nacidos aquí. En esta segunda entrega, la historia de una nena que cruzó el océano desde un pueblo de los Alpes y creció hasta torcerle el brazo a un país entero.
El domingo 26 de noviembre de 1911, en el atrio de una iglesia del barrio de La Boca, una mujer hizo algo que el sistema político argentino consideraba sencillamente imposible: votó. Se llamaba Julieta Lanteri, tenía 38 años y acababa de ganarle más de un pleito al Estado. El presidente de mesa, nada menos que el historiador Adolfo Saldías, la saludó y le hizo saber que estaba presenciando un hecho inédito: el voto de la primera mujer en la Argentina y una de las primeras de América Latina. Para que ese gesto se convirtiera en ley para todas las mujeres faltarían más de tres décadas. La protagonista de esa escena fundacional había nacido el 22 de marzo de 1873 en Briga Marittima, un pueblo de montaña de la provincia de Cuneo que entonces pertenecía a Italia. Su familia no respondía al estereotipo del inmigrante que huía del hambre: según distintas reconstrucciones biográficas, su padre, Antonio Lanteri, era un propietario con una posición económica acomodada, circunstancia que le permitió a Julieta, llegada al país a los seis años, acceder a una educación excepcional para una mujer de su época. Lo que el dinero no podía comprarle era un lugar. La Argentina del aluvión inmigratorio la moldeó como argentina, pero no tenía previsto qué hacer con una mujer decidida a usar su cabeza. Porque la Buenos Aires de fines del siglo XIX no sabía dónde ubicar a una mujer de ambiciones intelectuales. La educación superior estaba prácticamente vedada para ellas y los derechos políticos directamente no existían. Lanteri decidió, con una terquedad metódica que la acompañaría toda la vida, ir abriendo esas puertas de a una. Fue la primera alumna mujer admitida en el Colegio Nacional de La Plata, por entonces una institución de varones. Después llegó la universidad. En marzo de 1896 le pidió al decano de la Facultad de Medicina, Leopoldo Montes de Oca, que la dejara ingresar, y la matrícula le fue concedida en apenas dos días: el camino ya lo habían abierto, a fuerza de pelearlo, Cecilia Grierson y Élida Passo. Se recibió de farmacéutica en 1898, presentó su tesis doctoral en 1907 y se convirtió en la quinta médica del país; durante una década ejerció como médica de la Asistencia Pública. Junto a Grierson, la primera de todas, fundó la Asociación de Universitarias Argentinas. Cada título suyo era, además de un logro personal, una demostración pública de que la exclusión no se sostenía en ninguna incapacidad, sino en un prejuicio. Su obra más audaz, sin embargo, fue política. Había propuesto en 1908 un Primer Congreso Femenino Internacional que finalmente se celebró en 1910, en pleno Centenario, con ella como secretaria. Mientras el país festejaba sus cien años con desfiles y discursos, ese encuentro ponía sobre la mesa un programa concreto de igualdad que sonaba casi a provocación. Lanteri lo decía sin vueltas: los derechos no se mendigan, se conquistan, aun antes de que la ley los reconozca. Pero conquistar derechos exigía algo previo: que el Estado la reconociera como alguien con capacidad de tenerlos. Y ahí Lanteri chocó contra un muro que ningún diploma alcanzaba para derribar, el de su propia nacionalidad. En 1909 se presentó para una adscripción a la cátedra de Enfermedades Mentales y la Facultad la rechazó por su condición de inmigrante. Si el obstáculo era ese, la conclusión resultaba evidente: había que dejar de ser extranjera. Inició entonces el trámite de naturalización, que el sistema se encargó de volver humillante. El Código Civil de 1869 consideraba incapaz a la mujer casada y le impedía hasta presentarse en juicio sin la autorización del marido; Lanteri se había casado en 1910 con Alberto Renshaw —un joven catorce años menor que ella, del que se separaría a los pocos meses—, y para avanzar con su ciudadanía necesitó que ese mismo marido firmara su consentimiento. La paradoja era brutal: para reclamar su autonomía, primero tenía que pedir permiso. Lo consiguió igual. En 1911 obtuvo la nacionalidad argentina y, en pleno debate por la reforma electoral que desembocaría en la Ley Sáenz Peña, hizo una presentación judicial tan audaz como insólita: pidió que se le reconocieran plenos derechos como ciudadana, los políticos incluidos. El fallo del juez E. Claros, luego refrendado por la Cámara Federal, le dio la razón con un argumento que es casi un manifiesto jurídico: ningún habitante puede ser privado de aquello que las leyes no prohíben de manera expresa. Con esa sentencia en la mano, el 16 de julio de 1911 quedó inscripta en el padrón de la Capital Federal, la primera mujer en lograrlo en la Argentina. El resto es la escena con la que empieza esta historia: el 26 de noviembre, en la mesa 1 de la segunda sección, en el atrio de la iglesia de San Juan Evangelista, Julieta Lanteri votó. La historia podría terminar ahí, en triunfo, pero el sistema todavía guardaba una carta. Ya nacionalizada, Lanteri volvió a golpear la puerta de la Facultad, esta vez para un cargo de profesora suplente. Se lo negaron de nuevo, solo que ahora sin el pretexto de la nacionalidad: el problema era, lisa y llanamente, que era mujer. Primero le habían dicho que no por extranjera; cuando dejó de serlo, le corrieron el arco. Y por si hiciera falta una confirmación de que su voto había sido una grieta y no una conquista consolidada, en febrero de 1912 la Ley Sáenz Peña ató el padrón electoral al enrolamiento militar, reservado a los varones, y cerró por años el camino que ella había encontrado. Lanteri llegó a presentarse para que la enrolaran; no la aceptaron. Entonces fue por más todavía: decidió ser candidata. En 1918 fundó el Partido Feminista Nacional y al año siguiente se lanzó como candidata a diputada, sabiendo de antemano que, aunque ganara, las leyes no la dejarían asumir. Lo hizo igual, porque cada campaña era a la vez una elección y una denuncia. Su plataforma, leída hoy, resulta asombrosamente actual: licencia por maternidad, subsidio estatal por hijo, igualdad civil entre hijos legítimos e ilegítimos, jornada de seis horas y salario igual para la mujer, jubilación universal, divorcio absoluto y abolición de la pena de muerte. En las elecciones de 1919 reunió 1.730 votos: todos, por definición de la época, emitidos por hombres. Programaba el futuro mientras su presente la trataba de excéntrica. El precio de tanta visibilidad fue alto. Lanteri vivía sola, no le temía ni a la soledad ni al qué dirán, y se había vuelto una figura insoportable para los sectores más reaccionarios. Llegó a confesarles a sus allegados que temía un final trágico. El presentimiento se cumplió. La tarde del 23 de febrero de 1932 —tres días después de que Agustín P. Justo asumiera la presidencia gracias a un fraude escandaloso—, mientras caminaba por Diagonal Norte y Suipacha, un automóvil se subió a la vereda en marcha atrás y la embistió. Murió dos días después en el Hospital Rawson, a los 58 años. Las sospechas crecieron cuando se supo quién manejaba: David Klappenbach, afiliado a la Legión Cívica Argentina, la organización de extrema derecha que el régimen había ungido como brazo paramilitar. Nunca se probó en la Justicia que el atropello fuera deliberado —la policía lo registró como accidente—, y la honestidad obliga a presentarlo como lo que es: una sospecha persistente, no un hecho confirmado. Pero el simbolismo es difícil de ignorar. La mujer que le había enseñado a un país entero que las leyes se leen también por lo que callan murió en plena calle, como había vivido: en el límite mismo de lo permitido. Lanteri no peleó sola, pero sí adelante de casi todas. Integró una camada pionera que, en las primeras décadas del siglo XX, empezó a reclamar educación, trabajo digno y derechos políticos en un país que imaginaba a las mujeres apenas como hijas, esposas o madres. Junto a su amiga Raquel Camaña fundó en 1911 la Liga Pro Derechos de la Mujer y del Niño, y dos años después convirtió su propia casa en sede del Congreso Nacional del Niño: entendía el feminismo como una causa amplia, ligada a la justicia social, y no como el reclamo aislado de un grupo de privilegiadas. Su mayor legado, sin embargo, fue una idea jurídica luminosa, casi tan poderosa como el voto en sí. Al demostrar que la ley no la excluía expresamente y que, por lo tanto, no podían negarle un derecho, instaló un principio que trascendió su caso: la igualdad no necesita un permiso especial para existir, sino que existe salvo prohibición concreta. Esa lectura del derecho, audaz para 1911, sería retomada una y otra vez por los movimientos por la igualdad a lo largo del siglo. La chica que había llegado de los Alpes a los seis años no solo votó: le enseñó al país una manera nueva de leer sus propias leyes. Durante décadas su nombre quedó en penumbras, hasta que la memoria histórica empezó a rescatarlo. Hoy una estación de subte porteña lleva su nombre, un reconocimiento tardío a una pionera que encaja en el espíritu de esta serie: nacida en un pueblo alpino, criada en la Argentina, decidió que este iba a ser el escenario de su pelea. Y eligió pelear por algo que, en su momento, parecía imposible y hoy nos parece evidente.
A.G.



