Los tiempos que corren son extraños: existe amplia evidencia de las consecuencias psicológicas y sociales negativas de la desigualdad económica y, al mismo tiempo, seguimos sin generar consenso sobre las medidas para reducirla.
Los datos son claros: una pequeña parte de la población acumula cada vez más riqueza mientras millones de personas sienten que llegar a fin de mes cuesta más que hace unos años. Aun así, cuando aparecen propuestas para aumentar la recaudación mediante una subida de impuestos a las grandes fortunas o la aplicación de sistemas fiscales más progresivos, el apoyo social no siempre alcanza niveles de consenso amplio. La pregunta es: ¿por qué hay personas que perciben la desigualdad existente y, aun así, no respaldan –o incluso rechazan– políticas destinadas a reducirla?
La respuesta tiene menos que ver con la economía y más con la psicología social, y es la creencia de que, algún día, también nosotros podremos llegar a lo alto de la pirámide económica.
La falsa promesa de llegar a lo más alto
Existe una idea profundamente instalada en muchas sociedades: la del ascensor social. Hoy se está abajo, pero mañana se puede estar arriba. Sin importar la clase social de procedencia y la situación actual, se mantiene viva la creencia de que esto sigue funcionando para todas las personas.
Y cuando se piensa que el sistema está diseñado para que las personas puedan cambiar de clase social, entonces la riqueza de quienes están arriba deja de verse necesariamente como un problema. Esta idea cambia la manera en la que se interpreta la desigualdad, que incluso puede llegar a considerarse una demostración de que el sistema funciona. El problema es que los datos sobre movilidad social muestran que esa promesa se cumple cada vez menos.
La clave, entonces, no está solo en cómo interpretamos la desigualdad, sino también en cuánto creemos que podemos movernos dentro de ella. En esta línea, nuestra investigación muestra que quienes perciben más posibilidades de ascender socialmente tienden a apoyar menos la redistribución, mientras que quienes perciben más riesgo de descender socialmente muestran más apoyo a las políticas redistributivas.
El sueño de hacerse rico y la tolerancia a la desigualdad
Analizamos datos de casi 45 000 personas de 29 países y, además, realizamos un estudio específico en España con 1 543 personas. El resultado principal parece lógico: cuanta más desigualdad social percibe una persona, más apoyo muestra hacia los impuestos progresivos. Es decir, piensa que quienes más tienen deberían pagar proporcionalmente más al Estado.
Sin embargo, también encontramos que quienes creían que en un futuro podrían ascender socialmente, mostraban mayor rechazo a subir los impuestos a los más ricos. Pese a percibir la desigualdad económica, sentían que algún día podrían beneficiarse del sistema tal y como está diseñado, aunque, en términos objetivos esa posibilidad de movilidad sea muy pequeña.
El poder de las historias sobre el éxito
Las sociedades modernas están llenas de relatos sobre ascenso social:
“El emprendedor que empezó desde abajo y ahora es millonario”.
“La famosa empresaria que pasó de no tener nada a tenerlo todo”.
Son historias potentes porque refuerzan la idea de un mundo justo en el que no importa la clase social a la que se pertenezca para llegar a lo más alto, únicamente trabajo y esfuerzo, aunque los datos apunten a lo contrario.
Estas historias alimentan la esperanza de llegar a la cima. Sin embargo, también tienen un efecto secundario menos visible: ayudan a justificar las enormes diferencias económicas. Creemos que llegar arriba depende sobre todo del esfuerzo individual: hace que quienes no avanzan parezcan responsables de su propia situación y que quienes acumulan riqueza parezcan merecerla. De este modo, la desigualdad deja de interpretarse como un problema social y pasa a verse como el resultado natural de las decisiones individuales.
La expectativas de ascender como freno a la redistribución
Uno de los hallazgos más interesantes de nuestro estudio es precisamente ese: las creencias sobre la movilidad social ascendente pueden tener el efecto de mantener estable la desigualdad económica, aunque los datos indiquen que la movilidad social real es mucho menor de lo que la gente cree.
La discusión sobre impuestos y redistribución suele plantearse como un debate
puramente económico, pero también es un debate psicosocial. No basta con mostrar
estadísticas sobre desigualdad, también importa cómo las personas
entienden las clases sociales y las expectativas existentes sobre la movilidad entre clases.![]()
Juan Antonio Matamoros Lima, Profesor de Psicología Social, Universidad de Huelva; Guillermo B. Willis Sánchez, Profesor Titular (Departamento de Psicología Social), Universidad de Granada y Miguel C. Moya Morales, Catedrático de Universidad, Psicología Social, Universidad de Granada
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.



