Las cifras hablan por sí solas: más de 40 mil hectáreas arrasadas por el fuego. Millas de viviendas destruidas, al menos 1.500 personas evacuadas y decenas de víctimas fatales. Pero el impacto real del desastre no se mide solo en números. Se mide en familias que escaparon “con lo puesto”, en localidades prácticamente borradas del mapa y en imágenes nocturnas donde el horizonte se volvió rojo y el fuego parecía no tener límites.El informe de @Meganoticiasoficial detalla cómo, en cuestión de horas, pequeños focos se transformaron en una verdadera tormenta de fuego. El viento, las altas temperaturas y la sequía extrema del ambiente crearon un escenario imposible de contener. A ello se suma una hipótesis que vuelve a repetirse en cada catástrofe de este tipo: la posible intencionalidad de los incendios, una línea de investigación que, una vez más, deja al descubierta la fragilidad de los sistemas de prevención y control.Más allá de la emergencia puntual, la cronología pone en evidencia un problema estructural: territorios expuestos, poblaciones sin defensas adecuadas y una respuesta estatal que llega tarde, cuando el daño ya es irreversible. No es la primera vez —ni lamentablemente parece ser la última— que el sur enfrenta incendios de esta magnitud. Y sin embargo, las lecciones siguen sin traducirse en políticas públicas eficaces y sostenidas en el tiempo.Publicar este informe es también una forma de memoria. De dejar registro de lo ocurrido para que no quede reducido a un par de días de titulares y luego al olvido. Porque detrás de cada hectárea quemada hay historias de vida, comunidades enteras y un ecosistema que tardará décadas en recuperarse, si es que alguna vez lo hace.MONTE



