Un concepto político nacido como herramienta de construcción partidaria en los años de la provincialización hoy es reciclado como propaganda oficial. Rolando Figueroa promete cambio, pero reedita las peores prácticas de coerción y autoritarismo, mientras intenta imponer por repetición una mística que se apagó hace décadas.
Una identidad inventada. La palabra Neuquinidad se repite como un mantra en los discursos oficiales y la publicidad del actual gobierno. Nos la presentan como si fuera el reencuentro con una mística provincial perdida, el regreso a un orgullo colectivo que nos diferenciaría del resto del país. Pero la historia demuestra otra cosa: la Neuquinidad no fue una herencia cultural espontánea, sino una construcción política deliberada en los primeros años de la provincialización. Como señalan María Esperanza Casullo y Alejo Pasetto, en su estudio La génesis de la «neuquinidad» como construcción política, la identidad neuquina fue definida «como un destino antes que como una herencia… inclusiva antes que exclusiva» y, sobre todo, identificada con el Movimiento Popular Neuquino. De esa manera, la pertenencia a la provincia se fundió con la adhesión partidaria. En palabras simples: ser neuquino se volvió, discursivamente, sinónimo de ser emepenista.
El mito y su función
Felipe Sapag, fundador del MPN, supo articular lo que la teoría política denomina populismo subnacional. Construyó un «nosotros» contra un «ellos»: el pueblo neuquino frente al centralismo porteño. Esa dicotomía, típica de las lógicas populistas que describe Ernesto Laclau, fue la base de una identidad inclusiva: «todos somos neuquinos», incluso migrantes internos, extranjeros o pueblos originarios, siempre que compartieran la cruzada contra el poder central. Esta estrategia resultó eficaz. Como lo sintetiza Orietta Favaro, el MPN se presentó como un «no-partido»: no representaba a una facción sino a toda la provincia. En los hechos, esto legitimó su control sobre el Estado provincial y transformó la «neuquinidad» en carta de ciudadanía política.
De la inclusión al disciplinamiento
El contraste con el presente es brutal. Lo que en los años 60 se planteó como inclusividad, hoy se reduce a una herramienta de control. Rolando Figueroa intenta resucitar la Neuquinidad como pegamento político, pero lo hace sin la épica del desarrollo ni la legitimidad del proyecto colectivo. Lo hace a fuerza de repetición publicitaria y coerción. La política hacia los medios y periodistas se parece demasiado al viejo método del «plata o plomo» atribuido a Pablo Escobar: si no te pueden comprar, te persiguen. El esquema es aplicado coordinadamente con el Poder Legislativo de la provincia y el municipio capitalino. Quien no repite el catecismo oficial queda excluido de la pauta, hostigado en lo laboral o acosado en su vida privada. Una estrategia de disciplinamiento que revela el vacío del relato oficial: no alcanza con el convencimiento, se necesita el miedo.
El cambio convertido en espejismo
Figueroa llegó al poder prometiendo un cambio frente al desgaste del viejo MPN. Pero ese cambio se volvió abstracto. En lugar de abrir un nuevo ciclo político, reedita las viejas prácticas de castigo discrecional dentro del Estado y de represión en la calle. Lo vimos en la violencia innecesaria contra una protesta pacífica de comunidades mapuches que sólo reclamaban el cumplimiento de acuerdos firmados por el propio gobierno. Una escena que resuena como advertencia: cuando se vacía el discurso, la violencia se convierte en recurso.
Lo peor de cada casa
No podemos olvidar. Jorge Sobisch creyó que podía proyectarse a la presidencia de la Nación mientras en Neuquén aplicaba mano dura a los docentes y movimientos sociales. De esa soberbia quedó la herida abierta del asesinato de Carlos Fuentealba en 2007, un crimen que marcó a fuego la política provincial. Hoy Figueroa parece tentado por un camino similar. No carga aún con una tragedia de esa magnitud, pero reedita la lógica del castigo a la disidencia, la discrecionalidad y la represión como respuesta. La «Neuquinidad» convertida en un nuevo espejismo, detrás del cual asoman viejas sombras.
El mito y la propaganda
La neuquinidad, como mito fundacional, alguna vez sirvió para construir autoestima y cohesión en una provincia joven. Hoy se la intenta revivir como propaganda. Pero no hay mito que aguante si los hechos lo contradicen. En su origen, la neuquinidad fue un proyecto de futuro inclusivo. Hoy se usa para justificar un presente excluyente y autoritario. En lugar de horizonte, se volvió espejo roto: refleja lo que fuimos, distorsiona lo que somos y oculta lo que falta por hacer.
El golpe del rechazo
Si en las elecciones de octubre la ciudadanía rechaza este intento de imponer la Neuquinidad como relato hegemónico, el golpe para el gobierno de Figueroa será doble: no sólo perderá la legitimidad de un concepto que pretende presentarse como identidad colectiva, sino que también quedará expuesto el vacío de su promesa de cambio con miras a las elecciones provinciales del 2027. El desafío es mayor aún porque los partidos nacionales, pese a cargar con una imagen deteriorada en la provincia, mantienen enclaves de poder y representación. Si la ciudadanía opta por castigarlo, aun a riesgo de elegir opciones con baja credibilidad, Neuquén podría ingresar en una etapa de fragmentación política inédita desde la provincialización, la que no podrá frenar ni la revitalización de un Movimiento Popular Neuquino que todavía respira a duras penas. El resultado sería un sistema más competitivo, menos dominado por un mito identitario, pero también más inestable, donde la gobernabilidad dependerá de pactos frágiles y coyunturales, en lugar de un proyecto político integrador.
Adrián Giannetti



