{"id":1000032199,"date":"2026-06-12T23:40:51","date_gmt":"2026-06-13T02:40:51","guid":{"rendered":"https:\/\/gazzettinoitalianopatagonico.com\/?p=1000032199"},"modified":"2026-06-12T23:40:53","modified_gmt":"2026-06-13T02:40:53","slug":"julieta-lanteri-la-italiana-que-voto-cuando-ninguna-mujer-podia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/gazzettinoitalianopatagonico.com\/?p=1000032199","title":{"rendered":"Julieta Lanteri: la italiana que vot\u00f3 cuando ninguna mujer pod\u00eda"},"content":{"rendered":"\n<p>Lleg\u00f3 de un pueblo de los Alpes a los seis a\u00f1os y, en una Buenos Aires que no le ten\u00eda reservado ning\u00fan lugar, forz\u00f3 cada puerta hasta convertirse en la primera mujer que vot\u00f3 en Sudam\u00e9rica. Como tantos en esta serie, naci\u00f3 lejos y eligi\u00f3 dar ac\u00e1 las batallas que val\u00edan la pena: las de quienes entienden que la patria no se hereda, se elige.<\/p>\n\n\n\n<p>LOS ARGENTINOS NACEN DONDE QUIEREN<\/p>\n\n\n\n<p>Nacer es un accidente de geograf\u00eda; pertenecer, una decisi\u00f3n. Sobre esa diferencia se levanta esta serie. Los argentinos nacen donde quieren re\u00fane las historias de quienes llegaron desde otras tierras \u2014arrastrados por el hambre, la guerra, la persecuci\u00f3n o, a veces, apenas por las ganas de empezar de nuevo\u2014 y que, en vez de quedarse mirando de costado, se arremangaron y le dieron forma a este pa\u00eds. No vinieron a pedir permiso: vinieron a discutir, a construir y a pelear por lo que ac\u00e1 importaba. Cada entrega rescata a uno de esos extranjeros que se volvieron imprescindibles y que, sin haber nacido en estas tierras, terminaron siendo m\u00e1s argentinos que muchos nacidos aqu\u00ed. En esta segunda entrega, la historia de una nena que cruz\u00f3 el oc\u00e9ano desde un pueblo de los Alpes y creci\u00f3 hasta torcerle el brazo a un pa\u00eds entero.<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio\"><div class=\"wp-block-embed__wrapper\">\n<div class=\"jeg_video_container jeg_video_content\"><iframe title=\"Bio.ar: Julieta Lanteri - Canal Encuentro\" width=\"500\" height=\"281\" src=\"https:\/\/www.youtube.com\/embed\/t-xLXgOZ72o?feature=oembed\" frameborder=\"0\" allow=\"accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share\" referrerpolicy=\"strict-origin-when-cross-origin\" allowfullscreen><\/iframe><\/div>\n<\/div><\/figure>\n\n\n\n<p>El domingo 26 de noviembre de 1911, en el atrio de una iglesia del barrio de La Boca, una mujer hizo algo que el sistema pol\u00edtico argentino consideraba sencillamente imposible: vot\u00f3. Se llamaba Julieta Lanteri, ten\u00eda 38 a\u00f1os y acababa de ganarle m\u00e1s de un pleito al Estado. El presidente de mesa, nada menos que el historiador Adolfo Sald\u00edas, la salud\u00f3 y le hizo saber que estaba presenciando un hecho in\u00e9dito: el voto de la primera mujer en la Argentina y una de las primeras de Am\u00e9rica Latina. Para que ese gesto se convirtiera en ley para todas las mujeres faltar\u00edan m\u00e1s de tres d\u00e9cadas. La protagonista de esa escena fundacional hab\u00eda nacido el 22 de marzo de 1873 en Briga Marittima, un pueblo de monta\u00f1a de la provincia de Cuneo que entonces pertenec\u00eda a Italia. Su familia no respond\u00eda al estereotipo del inmigrante que hu\u00eda del hambre: seg\u00fan distintas reconstrucciones biogr\u00e1ficas, su padre, Antonio Lanteri, era un propietario con una posici\u00f3n econ\u00f3mica acomodada, circunstancia que le permiti\u00f3 a Julieta, llegada al pa\u00eds a los seis a\u00f1os, acceder a una educaci\u00f3n excepcional para una mujer de su \u00e9poca. Lo que el dinero no pod\u00eda comprarle era un lugar. La Argentina del aluvi\u00f3n inmigratorio la molde\u00f3 como argentina, pero no ten\u00eda previsto qu\u00e9 hacer con una mujer decidida a usar su cabeza. Porque la Buenos Aires de fines del siglo XIX no sab\u00eda d\u00f3nde ubicar a una mujer de ambiciones intelectuales. La educaci\u00f3n superior estaba pr\u00e1cticamente vedada para ellas y los derechos pol\u00edticos directamente no exist\u00edan. Lanteri decidi\u00f3, con una terquedad met\u00f3dica que la acompa\u00f1ar\u00eda toda la vida, ir abriendo esas puertas de a una. Fue la primera alumna mujer admitida en el Colegio Nacional de La Plata, por entonces una instituci\u00f3n de varones. Despu\u00e9s lleg\u00f3 la universidad. En marzo de 1896 le pidi\u00f3 al decano de la Facultad de Medicina, Leopoldo Montes de Oca, que la dejara ingresar, y la matr\u00edcula le fue concedida en apenas dos d\u00edas: el camino ya lo hab\u00edan abierto, a fuerza de pelearlo, Cecilia Grierson y \u00c9lida Passo. Se recibi\u00f3 de farmac\u00e9utica en 1898, present\u00f3 su tesis doctoral en 1907 y se convirti\u00f3 en la quinta m\u00e9dica del pa\u00eds; durante una d\u00e9cada ejerci\u00f3 como m\u00e9dica de la Asistencia P\u00fablica. Junto a Grierson, la primera de todas, fund\u00f3 la Asociaci\u00f3n de Universitarias Argentinas. Cada t\u00edtulo suyo era, adem\u00e1s de un logro personal, una demostraci\u00f3n p\u00fablica de que la exclusi\u00f3n no se sosten\u00eda en ninguna incapacidad, sino en un prejuicio. Su obra m\u00e1s audaz, sin embargo, fue pol\u00edtica. Hab\u00eda propuesto en 1908 un Primer Congreso Femenino Internacional que finalmente se celebr\u00f3 en 1910, en pleno Centenario, con ella como secretaria. Mientras el pa\u00eds festejaba sus cien a\u00f1os con desfiles y discursos, ese encuentro pon\u00eda sobre la mesa un programa concreto de igualdad que sonaba casi a provocaci\u00f3n. Lanteri lo dec\u00eda sin vueltas: los derechos no se mendigan, se conquistan, aun antes de que la ley los reconozca. Pero conquistar derechos exig\u00eda algo previo: que el Estado la reconociera como alguien con capacidad de tenerlos. Y ah\u00ed Lanteri choc\u00f3 contra un muro que ning\u00fan diploma alcanzaba para derribar, el de su propia nacionalidad. En 1909 se present\u00f3 para una adscripci\u00f3n a la c\u00e1tedra de Enfermedades Mentales y la Facultad la rechaz\u00f3 por su condici\u00f3n de inmigrante. Si el obst\u00e1culo era ese, la conclusi\u00f3n resultaba evidente: hab\u00eda que dejar de ser extranjera. Inici\u00f3 entonces el tr\u00e1mite de naturalizaci\u00f3n, que el sistema se encarg\u00f3 de volver humillante. El C\u00f3digo Civil de 1869 consideraba incapaz a la mujer casada y le imped\u00eda hasta presentarse en juicio sin la autorizaci\u00f3n del marido; Lanteri se hab\u00eda casado en 1910 con Alberto Renshaw \u2014un joven catorce a\u00f1os menor que ella, del que se separar\u00eda a los pocos meses\u2014, y para avanzar con su ciudadan\u00eda necesit\u00f3 que ese mismo marido firmara su consentimiento. La paradoja era brutal: para reclamar su autonom\u00eda, primero ten\u00eda que pedir permiso. Lo consigui\u00f3 igual. En 1911 obtuvo la nacionalidad argentina y, en pleno debate por la reforma electoral que desembocar\u00eda en la Ley S\u00e1enz Pe\u00f1a, hizo una presentaci\u00f3n judicial tan audaz como ins\u00f3lita: pidi\u00f3 que se le reconocieran plenos derechos como ciudadana, los pol\u00edticos incluidos. El fallo del juez E. Claros, luego refrendado por la C\u00e1mara Federal, le dio la raz\u00f3n con un argumento que es casi un manifiesto jur\u00eddico: ning\u00fan habitante puede ser privado de aquello que las leyes no proh\u00edben de manera expresa. Con esa sentencia en la mano, el 16 de julio de 1911 qued\u00f3 inscripta en el padr\u00f3n de la Capital Federal, la primera mujer en lograrlo en la Argentina. El resto es la escena con la que empieza esta historia: el 26 de noviembre, en la mesa 1 de la segunda secci\u00f3n, en el atrio de la iglesia de San Juan Evangelista, Julieta Lanteri vot\u00f3. La historia podr\u00eda terminar ah\u00ed, en triunfo, pero el sistema todav\u00eda guardaba una carta. Ya nacionalizada, Lanteri volvi\u00f3 a golpear la puerta de la Facultad, esta vez para un cargo de profesora suplente. Se lo negaron de nuevo, solo que ahora sin el pretexto de la nacionalidad: el problema era, lisa y llanamente, que era mujer. Primero le hab\u00edan dicho que no por extranjera; cuando dej\u00f3 de serlo, le corrieron el arco. Y por si hiciera falta una confirmaci\u00f3n de que su voto hab\u00eda sido una grieta y no una conquista consolidada, en febrero de 1912 la Ley S\u00e1enz Pe\u00f1a at\u00f3 el padr\u00f3n electoral al enrolamiento militar, reservado a los varones, y cerr\u00f3 por a\u00f1os el camino que ella hab\u00eda encontrado. Lanteri lleg\u00f3 a presentarse para que la enrolaran; no la aceptaron. Entonces fue por m\u00e1s todav\u00eda: decidi\u00f3 ser candidata. En 1918 fund\u00f3 el Partido Feminista Nacional y al a\u00f1o siguiente se lanz\u00f3 como candidata a diputada, sabiendo de antemano que, aunque ganara, las leyes no la dejar\u00edan asumir. Lo hizo igual, porque cada campa\u00f1a era a la vez una elecci\u00f3n y una denuncia. Su plataforma, le\u00edda hoy, resulta asombrosamente actual: licencia por maternidad, subsidio estatal por hijo, igualdad civil entre hijos leg\u00edtimos e ileg\u00edtimos, jornada de seis horas y salario igual para la mujer, jubilaci\u00f3n universal, divorcio absoluto y abolici\u00f3n de la pena de muerte. En las elecciones de 1919 reuni\u00f3 1.730 votos: todos, por definici\u00f3n de la \u00e9poca, emitidos por hombres. Programaba el futuro mientras su presente la trataba de exc\u00e9ntrica. El precio de tanta visibilidad fue alto. Lanteri viv\u00eda sola, no le tem\u00eda ni a la soledad ni al qu\u00e9 dir\u00e1n, y se hab\u00eda vuelto una figura insoportable para los sectores m\u00e1s reaccionarios. Lleg\u00f3 a confesarles a sus allegados que tem\u00eda un final tr\u00e1gico. El presentimiento se cumpli\u00f3. La tarde del 23 de febrero de 1932 \u2014tres d\u00edas despu\u00e9s de que Agust\u00edn P. Justo asumiera la presidencia gracias a un fraude escandaloso\u2014, mientras caminaba por Diagonal Norte y Suipacha, un autom\u00f3vil se subi\u00f3 a la vereda en marcha atr\u00e1s y la embisti\u00f3. Muri\u00f3 dos d\u00edas despu\u00e9s en el Hospital Rawson, a los 58 a\u00f1os. Las sospechas crecieron cuando se supo qui\u00e9n manejaba: David Klappenbach, afiliado a la Legi\u00f3n C\u00edvica Argentina, la organizaci\u00f3n de extrema derecha que el r\u00e9gimen hab\u00eda ungido como brazo paramilitar. Nunca se prob\u00f3 en la Justicia que el atropello fuera deliberado \u2014la polic\u00eda lo registr\u00f3 como accidente\u2014, y la honestidad obliga a presentarlo como lo que es: una sospecha persistente, no un hecho confirmado. Pero el simbolismo es dif\u00edcil de ignorar. La mujer que le hab\u00eda ense\u00f1ado a un pa\u00eds entero que las leyes se leen tambi\u00e9n por lo que callan muri\u00f3 en plena calle, como hab\u00eda vivido: en el l\u00edmite mismo de lo permitido. Lanteri no pele\u00f3 sola, pero s\u00ed adelante de casi todas. Integr\u00f3 una camada pionera que, en las primeras d\u00e9cadas del siglo XX, empez\u00f3 a reclamar educaci\u00f3n, trabajo digno y derechos pol\u00edticos en un pa\u00eds que imaginaba a las mujeres apenas como hijas, esposas o madres. Junto a su amiga Raquel Cama\u00f1a fund\u00f3 en 1911 la Liga Pro Derechos de la Mujer y del Ni\u00f1o, y dos a\u00f1os despu\u00e9s convirti\u00f3 su propia casa en sede del Congreso Nacional del Ni\u00f1o: entend\u00eda el feminismo como una causa amplia, ligada a la justicia social, y no como el reclamo aislado de un grupo de privilegiadas. Su mayor legado, sin embargo, fue una idea jur\u00eddica luminosa, casi tan poderosa como el voto en s\u00ed. Al demostrar que la ley no la exclu\u00eda expresamente y que, por lo tanto, no pod\u00edan negarle un derecho, instal\u00f3 un principio que trascendi\u00f3 su caso: la igualdad no necesita un permiso especial para existir, sino que existe salvo prohibici\u00f3n concreta. Esa lectura del derecho, audaz para 1911, ser\u00eda retomada una y otra vez por los movimientos por la igualdad a lo largo del siglo. La chica que hab\u00eda llegado de los Alpes a los seis a\u00f1os no solo vot\u00f3: le ense\u00f1\u00f3 al pa\u00eds una manera nueva de leer sus propias leyes. Durante d\u00e9cadas su nombre qued\u00f3 en penumbras, hasta que la memoria hist\u00f3rica empez\u00f3 a rescatarlo. Hoy una estaci\u00f3n de subte porte\u00f1a lleva su nombre, un reconocimiento tard\u00edo a una pionera que encaja en el esp\u00edritu de esta serie: nacida en un pueblo alpino, criada en la Argentina, decidi\u00f3 que este iba a ser el escenario de su pelea. Y eligi\u00f3 pelear por algo que, en su momento, parec\u00eda imposible y hoy nos parece evidente.<\/p>\n\n\n\n<p>A.G.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;la italiana que vot\u00f3 cuando ninguna mujer pod\u00eda<\/p>\n\n\n\n<p>Lleg\u00f3 de un pueblo de los Alpes a los seis a\u00f1os y, en una Buenos Aires que no le ten\u00eda reservado ning\u00fan lugar, forz\u00f3 cada puerta hasta convertirse en la primera mujer que vot\u00f3 en Sudam\u00e9rica. Como tantos en esta serie, naci\u00f3 lejos y eligi\u00f3 dar ac\u00e1 las batallas que val\u00edan la pena: las de quienes entienden que la patria no se hereda, se elige.<\/p>\n\n\n\n<p>LOS ARGENTINOS NACEN DONDE QUIEREN<\/p>\n\n\n\n<p>Nacer es un accidente de geograf\u00eda; pertenecer, una decisi\u00f3n. Sobre esa diferencia se levanta esta serie. Los argentinos nacen donde quieren re\u00fane las historias de quienes llegaron desde otras tierras \u2014arrastrados por el hambre, la guerra, la persecuci\u00f3n o, a veces, apenas por las ganas de empezar de nuevo\u2014 y que, en vez de quedarse mirando de costado, se arremangaron y le dieron forma a este pa\u00eds. No vinieron a pedir permiso: vinieron a discutir, a construir y a pelear por lo que ac\u00e1 importaba. Cada entrega rescata a uno de esos extranjeros que se volvieron imprescindibles y que, sin haber nacido en estas tierras, terminaron siendo m\u00e1s argentinos que muchos nacidos aqu\u00ed. En esta segunda entrega, la historia de una nena que cruz\u00f3 el oc\u00e9ano desde un pueblo de los Alpes y creci\u00f3 hasta torcerle el brazo a un pa\u00eds entero.<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio\"><div class=\"wp-block-embed__wrapper\">\n<div class=\"jeg_video_container jeg_video_content\"><iframe title=\"Bio.ar: Julieta Lanteri - Canal Encuentro\" width=\"500\" height=\"281\" src=\"https:\/\/www.youtube.com\/embed\/t-xLXgOZ72o?feature=oembed\" frameborder=\"0\" allow=\"accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share\" referrerpolicy=\"strict-origin-when-cross-origin\" allowfullscreen><\/iframe><\/div>\n<\/div><\/figure>\n\n\n\n<p>El domingo 26 de noviembre de 1911, en el atrio de una iglesia del barrio de La Boca, una mujer hizo algo que el sistema pol\u00edtico argentino consideraba sencillamente imposible: vot\u00f3. Se llamaba Julieta Lanteri, ten\u00eda 38 a\u00f1os y acababa de ganarle m\u00e1s de un pleito al Estado. El presidente de mesa, nada menos que el historiador Adolfo Sald\u00edas, la salud\u00f3 y le hizo saber que estaba presenciando un hecho in\u00e9dito: el voto de la primera mujer en la Argentina y una de las primeras de Am\u00e9rica Latina. Para que ese gesto se convirtiera en ley para todas las mujeres faltar\u00edan m\u00e1s de tres d\u00e9cadas. La protagonista de esa escena fundacional hab\u00eda nacido el 22 de marzo de 1873 en Briga Marittima, un pueblo de monta\u00f1a de la provincia de Cuneo que entonces pertenec\u00eda a Italia. Su familia no respond\u00eda al estereotipo del inmigrante que hu\u00eda del hambre: seg\u00fan distintas reconstrucciones biogr\u00e1ficas, su padre, Antonio Lanteri, era un propietario con una posici\u00f3n econ\u00f3mica acomodada, circunstancia que le permiti\u00f3 a Julieta, llegada al pa\u00eds a los seis a\u00f1os, acceder a una educaci\u00f3n excepcional para una mujer de su \u00e9poca. Lo que el dinero no pod\u00eda comprarle era un lugar. La Argentina del aluvi\u00f3n inmigratorio la molde\u00f3 como argentina, pero no ten\u00eda previsto qu\u00e9 hacer con una mujer decidida a usar su cabeza. Porque la Buenos Aires de fines del siglo XIX no sab\u00eda d\u00f3nde ubicar a una mujer de ambiciones intelectuales. La educaci\u00f3n superior estaba pr\u00e1cticamente vedada para ellas y los derechos pol\u00edticos directamente no exist\u00edan. Lanteri decidi\u00f3, con una terquedad met\u00f3dica que la acompa\u00f1ar\u00eda toda la vida, ir abriendo esas puertas de a una. Fue la primera alumna mujer admitida en el Colegio Nacional de La Plata, por entonces una instituci\u00f3n de varones. Despu\u00e9s lleg\u00f3 la universidad. En marzo de 1896 le pidi\u00f3 al decano de la Facultad de Medicina, Leopoldo Montes de Oca, que la dejara ingresar, y la matr\u00edcula le fue concedida en apenas dos d\u00edas: el camino ya lo hab\u00edan abierto, a fuerza de pelearlo, Cecilia Grierson y \u00c9lida Passo. Se recibi\u00f3 de farmac\u00e9utica en 1898, present\u00f3 su tesis doctoral en 1907 y se convirti\u00f3 en la quinta m\u00e9dica del pa\u00eds; durante una d\u00e9cada ejerci\u00f3 como m\u00e9dica de la Asistencia P\u00fablica. Junto a Grierson, la primera de todas, fund\u00f3 la Asociaci\u00f3n de Universitarias Argentinas. Cada t\u00edtulo suyo era, adem\u00e1s de un logro personal, una demostraci\u00f3n p\u00fablica de que la exclusi\u00f3n no se sosten\u00eda en ninguna incapacidad, sino en un prejuicio. Su obra m\u00e1s audaz, sin embargo, fue pol\u00edtica. Hab\u00eda propuesto en 1908 un Primer Congreso Femenino Internacional que finalmente se celebr\u00f3 en 1910, en pleno Centenario, con ella como secretaria. Mientras el pa\u00eds festejaba sus cien a\u00f1os con desfiles y discursos, ese encuentro pon\u00eda sobre la mesa un programa concreto de igualdad que sonaba casi a provocaci\u00f3n. Lanteri lo dec\u00eda sin vueltas: los derechos no se mendigan, se conquistan, aun antes de que la ley los reconozca. Pero conquistar derechos exig\u00eda algo previo: que el Estado la reconociera como alguien con capacidad de tenerlos. Y ah\u00ed Lanteri choc\u00f3 contra un muro que ning\u00fan diploma alcanzaba para derribar, el de su propia nacionalidad. En 1909 se present\u00f3 para una adscripci\u00f3n a la c\u00e1tedra de Enfermedades Mentales y la Facultad la rechaz\u00f3 por su condici\u00f3n de inmigrante. Si el obst\u00e1culo era ese, la conclusi\u00f3n resultaba evidente: hab\u00eda que dejar de ser extranjera. Inici\u00f3 entonces el tr\u00e1mite de naturalizaci\u00f3n, que el sistema se encarg\u00f3 de volver humillante. El C\u00f3digo Civil de 1869 consideraba incapaz a la mujer casada y le imped\u00eda hasta presentarse en juicio sin la autorizaci\u00f3n del marido; Lanteri se hab\u00eda casado en 1910 con Alberto Renshaw \u2014un joven catorce a\u00f1os menor que ella, del que se separar\u00eda a los pocos meses\u2014, y para avanzar con su ciudadan\u00eda necesit\u00f3 que ese mismo marido firmara su consentimiento. La paradoja era brutal: para reclamar su autonom\u00eda, primero ten\u00eda que pedir permiso. Lo consigui\u00f3 igual. En 1911 obtuvo la nacionalidad argentina y, en pleno debate por la reforma electoral que desembocar\u00eda en la Ley S\u00e1enz Pe\u00f1a, hizo una presentaci\u00f3n judicial tan audaz como ins\u00f3lita: pidi\u00f3 que se le reconocieran plenos derechos como ciudadana, los pol\u00edticos incluidos. El fallo del juez E. Claros, luego refrendado por la C\u00e1mara Federal, le dio la raz\u00f3n con un argumento que es casi un manifiesto jur\u00eddico: ning\u00fan habitante puede ser privado de aquello que las leyes no proh\u00edben de manera expresa. Con esa sentencia en la mano, el 16 de julio de 1911 qued\u00f3 inscripta en el padr\u00f3n de la Capital Federal, la primera mujer en lograrlo en la Argentina. El resto es la escena con la que empieza esta historia: el 26 de noviembre, en la mesa 1 de la segunda secci\u00f3n, en el atrio de la iglesia de San Juan Evangelista, Julieta Lanteri vot\u00f3. La historia podr\u00eda terminar ah\u00ed, en triunfo, pero el sistema todav\u00eda guardaba una carta. Ya nacionalizada, Lanteri volvi\u00f3 a golpear la puerta de la Facultad, esta vez para un cargo de profesora suplente. Se lo negaron de nuevo, solo que ahora sin el pretexto de la nacionalidad: el problema era, lisa y llanamente, que era mujer. Primero le hab\u00edan dicho que no por extranjera; cuando dej\u00f3 de serlo, le corrieron el arco. Y por si hiciera falta una confirmaci\u00f3n de que su voto hab\u00eda sido una grieta y no una conquista consolidada, en febrero de 1912 la Ley S\u00e1enz Pe\u00f1a at\u00f3 el padr\u00f3n electoral al enrolamiento militar, reservado a los varones, y cerr\u00f3 por a\u00f1os el camino que ella hab\u00eda encontrado. Lanteri lleg\u00f3 a presentarse para que la enrolaran; no la aceptaron. Entonces fue por m\u00e1s todav\u00eda: decidi\u00f3 ser candidata. En 1918 fund\u00f3 el Partido Feminista Nacional y al a\u00f1o siguiente se lanz\u00f3 como candidata a diputada, sabiendo de antemano que, aunque ganara, las leyes no la dejar\u00edan asumir. Lo hizo igual, porque cada campa\u00f1a era a la vez una elecci\u00f3n y una denuncia. Su plataforma, le\u00edda hoy, resulta asombrosamente actual: licencia por maternidad, subsidio estatal por hijo, igualdad civil entre hijos leg\u00edtimos e ileg\u00edtimos, jornada de seis horas y salario igual para la mujer, jubilaci\u00f3n universal, divorcio absoluto y abolici\u00f3n de la pena de muerte. En las elecciones de 1919 reuni\u00f3 1.730 votos: todos, por definici\u00f3n de la \u00e9poca, emitidos por hombres. Programaba el futuro mientras su presente la trataba de exc\u00e9ntrica. El precio de tanta visibilidad fue alto. Lanteri viv\u00eda sola, no le tem\u00eda ni a la soledad ni al qu\u00e9 dir\u00e1n, y se hab\u00eda vuelto una figura insoportable para los sectores m\u00e1s reaccionarios. Lleg\u00f3 a confesarles a sus allegados que tem\u00eda un final tr\u00e1gico. El presentimiento se cumpli\u00f3. La tarde del 23 de febrero de 1932 \u2014tres d\u00edas despu\u00e9s de que Agust\u00edn P. Justo asumiera la presidencia gracias a un fraude escandaloso\u2014, mientras caminaba por Diagonal Norte y Suipacha, un autom\u00f3vil se subi\u00f3 a la vereda en marcha atr\u00e1s y la embisti\u00f3. Muri\u00f3 dos d\u00edas despu\u00e9s en el Hospital Rawson, a los 58 a\u00f1os. Las sospechas crecieron cuando se supo qui\u00e9n manejaba: David Klappenbach, afiliado a la Legi\u00f3n C\u00edvica Argentina, la organizaci\u00f3n de extrema derecha que el r\u00e9gimen hab\u00eda ungido como brazo paramilitar. Nunca se prob\u00f3 en la Justicia que el atropello fuera deliberado \u2014la polic\u00eda lo registr\u00f3 como accidente\u2014, y la honestidad obliga a presentarlo como lo que es: una sospecha persistente, no un hecho confirmado. Pero el simbolismo es dif\u00edcil de ignorar. La mujer que le hab\u00eda ense\u00f1ado a un pa\u00eds entero que las leyes se leen tambi\u00e9n por lo que callan muri\u00f3 en plena calle, como hab\u00eda vivido: en el l\u00edmite mismo de lo permitido. Lanteri no pele\u00f3 sola, pero s\u00ed adelante de casi todas. Integr\u00f3 una camada pionera que, en las primeras d\u00e9cadas del siglo XX, empez\u00f3 a reclamar educaci\u00f3n, trabajo digno y derechos pol\u00edticos en un pa\u00eds que imaginaba a las mujeres apenas como hijas, esposas o madres. Junto a su amiga Raquel Cama\u00f1a fund\u00f3 en 1911 la Liga Pro Derechos de la Mujer y del Ni\u00f1o, y dos a\u00f1os despu\u00e9s convirti\u00f3 su propia casa en sede del Congreso Nacional del Ni\u00f1o: entend\u00eda el feminismo como una causa amplia, ligada a la justicia social, y no como el reclamo aislado de un grupo de privilegiadas. Su mayor legado, sin embargo, fue una idea jur\u00eddica luminosa, casi tan poderosa como el voto en s\u00ed. Al demostrar que la ley no la exclu\u00eda expresamente y que, por lo tanto, no pod\u00edan negarle un derecho, instal\u00f3 un principio que trascendi\u00f3 su caso: la igualdad no necesita un permiso especial para existir, sino que existe salvo prohibici\u00f3n concreta. Esa lectura del derecho, audaz para 1911, ser\u00eda retomada una y otra vez por los movimientos por la igualdad a lo largo del siglo. La chica que hab\u00eda llegado de los Alpes a los seis a\u00f1os no solo vot\u00f3: le ense\u00f1\u00f3 al pa\u00eds una manera nueva de leer sus propias leyes. Durante d\u00e9cadas su nombre qued\u00f3 en penumbras, hasta que la memoria hist\u00f3rica empez\u00f3 a rescatarlo. Hoy una estaci\u00f3n de subte porte\u00f1a lleva su nombre, un reconocimiento tard\u00edo a una pionera que encaja en el esp\u00edritu de esta serie: nacida en un pueblo alpino, criada en la Argentina, decidi\u00f3 que este iba a ser el escenario de su pelea. Y eligi\u00f3 pelear por algo que, en su momento, parec\u00eda imposible y hoy nos parece evidente.<\/p>\n\n\n\n<p>A.G.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lleg\u00f3 de un pueblo de los Alpes a los seis a\u00f1os y, en una Buenos Aires que no le ten\u00eda reservado ning\u00fan lugar, forz\u00f3 cada puerta hasta convertirse en la primera mujer que vot\u00f3 en Sudam\u00e9rica. 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