Cucinare con il Cuore

Cucinare con il Cuore

22 enero, 2019 Off By Gazzettino Italiano Patagónico


El chef napolitano, Salvatore De Santo, nació en el año 1969. Desde hace 12 años vive en la Argentina, precisamente en Capital Federal, provincia de Buenos Aires, con su mujer y sus tres hijos De Santo Antonio, Macarena y Francesca. Hoy en día lleva adelante su propio restaurante Cucina De Santo.

¿Qué recordas de tu infancia?

Recuerdo, una grande familia, recuerdo a mi abuelo, a mi abuela, una mesa grande donde había 30 o 40 personas, siempre eran más de 10 en mi familia.

Igualmente, siempre al final de la comida, se jugaba a las cartas donde  los grandes estaban de un lado y los chicos de otro.

Así mismo, mi abuelo de parte de mi padre eran 15 hermanos y de la parte de mi madre eran 12 hermanos.

¿Cómo empezó tu vocación por la cocina?

Cuando era chiquito tipo 8 o 9 años empecé a enamorarme de la cocina, ya desde antes me gustaba comer y en un momento me dije ¡esto me gusta! y lo empecé a hacer.

Recuerdo que mi abuela no me dejaba hacer muchas cosas, porque era un periodo en que los varones, automáticamente no podían tocar la cocina.

Yo empecé mirando a mi abuela que se levantaba a las 7 de la mañana a cocinar y yo miraba como era la cocción y la admiración que tenia al cocinar, automáticamente me entro esto de la cocina.

¿Cuáles fueron tus primeros pasos en este arte de la cocina?

En un momento, empecé a hacer prácticas y mi mamá me decía ¡no, no! porque yo mezclaba pescado con hongo y zuquini y mi mamá era muy tradicionalista, era un pecado de Dios cocinar así.

Después de 20, 30 años me dice mi mamá “viste, lo que vos hacías cuando eras chiquito, ahora lo hacen todos los cocineros mundiales”. Igualmente, me gusta dedicarme a las tradiciones italianas.

Yo soy un autodidacta, empecé a los 13 años como bachero, lavando platos y mi padre, que hoy no está entre nosotros, fabricaba calzados y él me decía que “la mejor enseñanza es lo que uno aprende, yo no te puedo enseñar nada”.

Entonces, cuando estaba como bachero, me daba vuelta y miraba como cocinaban los chef  y veía también, la limpieza, que es lo principal, fue así que, empecé a mirar y mirar y cuando llegaba a la noche a mi casa hacia lo que había mirado en el trabajo.

Luego, comencé a ser un pequeño ayudante de cocinero, ya que, con 13 años el cocinero principal me decía “por favor, córtame esto” y así estuve en este restaurante hasta los 15 años.

Después de los 15 años, me dedique un año con mi papá con los calzados, hasta que me llamaron del servicio militar a los 18 años y en ese momento, comencé a cocinar dentro del servicio militar.

Y cuando finalice el servicio militar a los 21 años, que para mí fue emocionante, empecé a trabajar en un restaurante como “cuoco”, digo cocinero porque me gusta más que la palabra chef y tuve la aprobación de la clientela, les gustaba lo que yo cocinaba y de 20 cubierto al día, termine con 40, 50 cubiertos, realmente les gustaba la comida, porque tiene un sabor preciso y a mí me gusta que cuando un cliente prueba mi comida diga ¡qué bueno!.

¿Qué te motivo a tener tu propio restaurante?

Me vine a vivir a la Argentina por mi familia, donde los primeros 9 años me dedique a hacer catering, luego trabaje colaborando, por 4 años, con un importante chef italiano en Argentina y por último, abrí mi propio restaurante Cucina De Santo.

Cuando los clientes ingresan a Cucina De Santo y suben al primer piso dicen ¿dónde estoy?, de la gran emoción, se sienten en Italia.

En mi restaurante tuve el placer de hospedar al Cónsul de Italia, que también tuvo la misma expresión de asombro al llegar al primer piso. Es como estar en mi ciudad natal, hacemos comida típica y tradicional como por ejemplo la Milanesa Genaro, que lleva bastante muzzarella, hojas de espinaca, hongos, trifolati, morrones, aceitunas negras, jamón cocido y parmesano, es una exquisitez, tiene mucho color.

Además, de que tenga buena calidad la comida, tiene que haber buena atención por parte de los mozos, deben ser atentos con el cliente.

Muchas veces los mozos me dicen que “entra gente angustiada y luego de comer, su cara cambia, se ven felices” y eso es lo que yo quiero en mi restaurante.