“Escuchar el grito de los pobres que lloran mientras los ricos banquetean”

“Escuchar el grito de los pobres que lloran mientras los ricos banquetean”

18 noviembre, 2018 Off By Gazzettino Italiano Patagónico
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El Papa celebró la Segunda Jornada Mundial de los Pobres y recordó: «el grito de los niños que no pueden salir a la luz o de los chicos acostumbrados al fragor de las bombas, en lugar del alegre bullicio de los juegos»; «estar cerca de los necesitados no es la moda de un Pontificado»

Manos tendidas y brazos abiertos o caídos, en signo de derrota o de indiferencia. En estos gestos el Papa Francisco identifica la actitud de los hombres, de los cristianos, hacia los que en el presente viven dificultades. Hacia los pobres que hoy gritan cada vez más fuerte, pero que son cada vez menos escuchados porque han sido acallados «por el estruendo de pocos ricos, que son cada vez menos y cada vez más ricos». El Papa celebró la segunda Jornada Mundial de los Pobres, instituida por él mismo al final del Jubileo de la Misericordia, con una gran misa en la Basílica de San Pedro, durante la que pidió «la gracia» de escuchar «el grito de los pobres». «Es el grito ahogado de los niños que no pueden salir a la luz, de pequeños que sufren el hambre, de chicos acostumbrados al fragor de las bombas, en lugar del alegre bullicio de los juegos. Es el grito de los ancianos descartados y dejados solos. Es el grito de quien debe afrontar las tormentas de la vida sin una presencia amiga. Es el grito de quien huye, dejando la casa y la tierra sin la certeza de un puerto. Es el grito de enteras poblaciones, privadas de los enormes recursos naturales de los cuales disponen. Es el grito de tantos Lázaros que lloran, mientras pocos epulones banquetean con lo que por justicia toca a todos», afirmó el Pontífice argentino. «La injusticia es la raíz perversa de la pobreza», dijo Francisco- «El grito de los pobres se hace cada día más fuerte, pero cada día es menos escuchado, acallado por el estruendo de pocos ricos, que son cada vez menos y cada vez más ricos». Ante esta situación, «ante la dignidad humana pisoteada, a menudo se permanece con los brazos caídos o bien se abren los brazos, impotentes frente a la oscura fuerza del mal», denunció en su homilía. «Pero el cristiano no puede quedarse de brazos caídos, indiferente, o con los brazos abiertos, fatalista, no. El creyente tiende la mano, como hace Jesús con él». Precisamente Cristo «en la persona de los pobres reclama alzando la voz la caridad de sus discípulos. Nos pide que lo reconozcamos en quien tiene hambre y sed, en quien es forastero o ha sido despojado de dignidad, en quien está enfermo y encarcelado». A todos ellos debemos tender la mano, afirmó Francisco. Dios «tiende la mano» y «es un gesto gratuito». «Es así como se hace. No estamos llamados a hacer el bien solo a quienes nos quieren. Corresponder es normal, pero Jesús pide ir más allá: dar a quien no tiene con que corresponder, es decir amar gratuitamente». «Veamos nuestros días», pidió el Papa, «entre todas las cosas, ¿hacemos algo gratuito, algo por quien no tiene para corresponder? Esa será nuestra mano tendida, nuestra verdadera riqueza en el cielo». En particular, el Papa Bergoglio reflexionó sobre las tres acciones de Jesús en el Evangelio de hoy. La primera es «dejar»: Él «deja a la multitud en el momento del éxito, cuando era aclamado por haber multiplicado los panes. Mientras los discípulos querían gozar la gloria, inmediatamente los obliga a irse y se despide de la multitud». Siempre «Jesús va contracorriente: primero deja el éxito, después la tranquilidad. Nos enseña la valentía de dejar: dejar el éxito, que infla el corazón, y la tranquilidad, que adormece el alma». Él nos aleja de las cómodas «llanuras de la vida», de las «pequeñas satisfacciones cotidianas», afirmó el Papa. Los discípulos de Jesús, efectivamente, «no están hechos para la previsible tranquilidad de una vida normal. Como su Señor, viven en camino, ligeros, listos para dejar las glorias del momento, atentos a no apegarse a los bienes que pasan». El cristiano es «un viandante ágil de la existencia» y «nosotros no vivimos para acumular: nuestra alegría radica en dejar lo que pasa para detener lo que permanece». Pidamos a Dios, exhortó el Pontífice, ser una Iglesia «siempre en movimiento, experta en el dejar y fiel en el servir. Despiértanos, Señor, de la calma ociosa, de esa quieta bonanza en nuestros puertos seguros. Desátanos de las amarras de la auto-referencialidad que lastra la vida, líbranos de la búsqueda de nuestros éxitos. Enséñanos a saber dejar para cambiar nuestra ruta de la vida por la tuya: hacia Dios y hacia el prójimo». La segunda de las acciones es «tranquilizar». En plena noche, Jesús «va con los suyos, sumergidos en la oscuridad, caminando “sobre el mar”». «Jesús, en otras palabras, sale al encuentro de los suyos pisando a los enemigos malignos del hombre», explicó Francisco. No se trata de «una manifestación celebrativa de potencia, sino de la revelación para nosotros de la certeza tranquilizada de que Jesús, solo Jesús, vence a nuestros grandes enemigos: el diablo, el pecado, la muerte, el miedo, la mundanidad. También a nosotros hoy nos dice: “Valor, soy yo, no tengan miedo”». «La barca de nuestra vida a menudo es sacudida por las olas y los vientos, y cuando las aguas se han calmado vuelven a agitarse»; entonces, nos enojamos con «las tormentas del momento, que parecen nuestros únicos problemas. Pero el problema no es la tormenta del momento, es en qué manera navegar en la vida. El secreto para navegar bien es invitar a Jesús a bordo. El timón de la vida hay que dárselo a Él, para que sea Él quien ponga la ruta. Solo Él, efectivamente, da vida en la muerte y esperanza en el dolor; solo Él cura el corazón con el perdón y libra del miedo con la confianza. Con Él a bordo nunca se naufraga», afirmó el Papa. Como Él, añadió, debemos «ser capaces de tranquilizar», porque «hay mucha necesidad de gente que sepa consolar», pero «no con palabras vacías» o formalismos descontados, sino «con palabras de vida». Después, la tercera acción: «tender la mano». Precisamente lo que hace Jesús durante la tormenta que aferra a Pedro, quien, temeroso, dudaba y gritaba hundiéndose: «¡Señor, sálvame!». Como el apóstol, nosotros también somos «gente de poca fe y estamos aquí mendigando la salvación. Somos pobres de vida verdadera y nos sirve la mano tendida del Señor para que nos saque del mal. Este es el comienzo de la fe: vaciarse de la orgullosa convicción de creernos en nuestro lugar, capaces, autónomos, y reconocernos necesitados de salvación», dijo el Pontífice. La fe crece así, en un clima al que nos adaptamos «estando junto a los que no se suben al pedestal, sino que tienen necesidad y piden ayuda. Por ello, vivir la fe al contacto con los necesitados es importante para todos nosotros. No es una opción sociológica, no es la moda de un Pontificado, es una exigencia teológica. Es reconocerse mendigos de salvación, hermanos y hermanas de todos, pero especialmente de los pobres, predilectos del Señor». Al final de la misa y despu´después del Ángelus en la Plaza San Pedro, el Papa irá al Aula Pablo VI para almorzar junto con más de 3 mil pobres, personas sin hogar, refugiados y familias en dificultades económicas. En Roma y en las diócesis del mundo se llevarán a cabo contemporáneamente iniciativas semejantes en las que los pobres serán los protagonistas. No hay que olvidar el infatigable esfuerzo que ha llevado a cabo el cardenal Limosnero Konrad Krajevsky, quien, en nombre del Papa, ha intensificado las visitas en estos días a los lugares en los que encuentran refugio personas sin hogar y migrantes en la ciudad de Roma, para llevarles bolsas de dormir y otros tipos de ayuda, siempre privilegiando el contacto personal.

Salvatore Cernuzio


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