¿Hasta dónde llega el “fango” en la política? La creciente polarización, “un problema para la democracia”

nchez pone el foco en la “prácticas tóxicas” y los «bulos» en su discurso en el que anuncia que seguirá

La crispación amenaza con disparar la «desafección» ciudadana y profundizar el «bloqueo» político

Tras cinco días con el país en vilo, Pedro Sánchez ha anunciado su decisión de que seguirá al frente del Gobierno. Y en su solemne discurso de este lunes en La Moncloa, así como en la carta de la semana pasada en la que anunciaba este periodo de reflexión, todo el foco ha estado en el “fango” que, según denuncia, “coloniza impunemente la vida política”. Sánchez ha cargado contra la “política de la vergüenza” que recrimina a la oposición y a sus “bulos” y “prácticas tóxicas inimaginables hace apenas unos años”.

Este parón inédito en la actividad del jefe del Ejecutivo, debido en último término a la investigación judicial por presunta corrupción a su mujer, ha sacado a la palestra el debate sobre la polarización en nuestro país, que, según algunos expertos, ha llegado a cotas nunca antes vistas. Los duros ataques del PP contra la familia de Sánchez -no solo contra su mujer, también contra su hermano, padre y suegro-, llegaban después de crudos rifirrafes también sobre la pareja de la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, y la de Alberto Núñez Feijóo.

La decisión de Sánchez puede ser un “buen toque de atención” para mostrar que “aquí hay un problema que es quizás más grave de lo que pensamos”, explica a RTVE.es la investigadora del Instituto Filosofía del CSIC Astrid Wagner, experta en desinformación y polarización. Un problema, prosigue, que no es “de un partido, sino de la democracia en general y de los estándares de democracia que queremos tener en nuestro país”.

El “bloqueo” político y la “desafección”, consecuencias de la polarización

“En España en los últimos años sí hemos visto que van subiendo los niveles de polarización”, hasta el punto que esta traspasa el nivel político y llega a los ciudadanos, en la llamada “polarización afectiva”, lo que tiene consecuencias directas.

Entre ellas, el “bloqueo” político que, por la dificultad de llegar a acuerdos entre los principales partidos, lleva a “una cierta inactividad” ante “problemas cada vez más graves” a nivel global, como el cambio climático o las migraciones. El otro gran riesgo, asegura, es “la desafección democrática”, cuando la ciudadanía “ya no se fía” de los mecanismos de la democracia.

En la misma línea se expresa el profesor de Sociología de la Universitat Ramon Llull de Barcelona Jordi Busquet, quien cree que los niveles a los que se está llegando de crispación son “un problema para el sistema democrático” en el momento en que “la lucha política se basa en la destrucción total y sistemática de su adversario político y no hay normas y límites”. Busquet sí que ve un responsable claro: «Una estrategia de acoso y derribo por parte de la oposición», comparable a lo que ha ocurrido en Portugal, y que culminó con la dimisión del ex primer ministro socialista António Costa por un presunto caso de corrupción sobre el que hay muchas dudas legales. Cree que, aunque estas estrategias las puede llevar a cabo tanto la izquierda como la derecha, en este caso se basa en que «el PP todavía no ha digerido su derrota en las últimas elecciones» y que «compite con Vox a ver quién es más crítico con el Gobierno».

La consecuencia, según el sociólogo del Instituto de Políticas Públicas del CSIC Luis Miller, es que, por una parte, hay un “hartazgo de la ciudadanía” hacia la política y por otro la “radicalización” en parte de la sociedad. “Si el debate público lo protagonizan las personas más radicalizadas vamos a tener un problema, como estamos viendo en otros países del mundo”, alerta.

¿Una polarización constructiva o destructiva?

Para el politólogo y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid Juan Roch, es importante matizar “de qué tipo de polarización” se habla. Defiende que “un cierto grado de polarización es casi consustancial a la democracia”, ya que “todos los avances democráticos que ha habido se han dado en fases de polarización, de surgimiento del conflicto político”, de nuevas demandas o nuevos actores en la política, como ocurrió en el 15M, apunta.

En cambio, el fenómeno de crispación actual, que enmarca claramente como una «polarización de las derechas», sí que puede ser “potencialmente peligroso”. Esta “batalla de tumbar al oponente” lleva a un “cuestionamiento general de las instituciones”, subraya.

Por parte de la oposición conservadora se da, concretamente, una “deslegitimación del Parlamento como expresión de la soberanía popular”, desacreditando los pactos de los socialistas con sus socios parlamentarios. El PP, ya desde la anterior legislatura, cuando Sánchez acordó formar gobierno con Pablo Iglesias, habló de “Gobierno ilegítimo”, y en esta, Feijóo ha llegado a señalar que “la soberanía nacional ya no reside en las Cortes” por la tramitación de la ley de amnistía. Desde Vox han elevado el tono para llamar al Ejecutivo “ilegal” también por la amnistía.

Por el otro lado, desde la izquierda y otros actores políticos también se “arrojan sombras a una institución clave del Estado de derecho y de la separación de poderes como es el sistema judicial”, expone Roch.

Peligros a largo plazo

A pesar de que los ataques se han recrudecido en estos años de gobiernos de izquierda, las consecuencias pueden afectar a futuros gobernantes, del color que sean, coinciden los expertos consultados. El ejemplo más claro viene de Estados Unidos, donde la presidencia de Donald Trump agudizó una división que pervive cuatro años después del fin de su mandato.

“Aunque se fue Trump, esa espiral que ya se ha puesto en marcha no termina. Son dinámicas difíciles de frenar”, alerta Astrid Wagner, del CSIC. No solo es EE.UU.: la polarización y deslegitimación de las instituciones también se han dado en el Brasil de Jair Bolsonaro -donde tuvo lugar también un asalto al Parlamento cuando este perdió las elecciones, como en Washington-, y en países europeos como Hungría o Polonia.

Tanto ella como el sociólogo Busquet consideran que España no ha llegado a estos niveles. “La sociedad española es más sana y más democrática que sus propias instituciones”, afirma el profesor de la Universitat Ramon Llull, algo en lo que coincide Miller, del CSIC: “Lo mejor que tenemos ahora mismo en España es que realmente todavía la sociedad no está fracturada”. Cree que estamos en un “momento crucial” para determinar si avanzamos hacia una posible fractura.

Aun así, nuestro país ya ha alcanzado en el pasado altas cotas de crispación, según recuerda Roch, quien cita la segunda legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero, con la “reacción” de los ‘populares’ ante medidas como la ley del aborto.

¿Cómo se combate la polarización?

Pero, ¿cómo se reduce el nivel de crispación una vez alcanzadas esas cotas? Miller reclama una “reflexión colectiva que incluya a los partidos políticos de un signo y otro, a la sociedad civil y a los medios de comunicación”, ya que recuerda que “todos los actores del sistema en los últimos años han empleado esta estrategia polarizadora”.

Los analistas consultados son escépticos con el hecho de que, a corto plazo, se rebaje el tono de los ataques políticos. “Trump ha usado estas estrategias y le ha dado un resultado relativamente positivo para sus intereses. Estos grupos solo pararán su estrategia de polarización cuando vean que ya no tiene ningún resultado”, señala Busquet. Este sociólogo ha echado en falta medidas concretas en el discurso de Sánchez que sienten las bases, por ejemplo, de un “pacto en el ámbito judicial” que se tendría que alcanzar con “el concurso de la oposición”.

Mientras, Wagner recuerda la importancia también de luchar contra la desinformación, “un motor de la polarización”. Las noticias falsas, que responden a una “manipulación intencionada”, contribuyen a “subir el tono” y a que “se vea todo como un enfrentamiento” entre bandos. Los algoritmos de las redes sociales a la vez propician su difusión, agravando el problema. En este sentido, pide combatirlas sin caer en la “censura”, pero apostando por las agencias de verificación, la alfabetización digital de los lectores o la regulación de la inteligencia artificial.

Roch también alude a Estados Unidos para recordar que allí, donde más se ha analizado el fenómeno de la polarización, se han llevado a cabo “muchos experimentos que consisten en reunir a gente de los dos partidos a conversar y deliberar”, aunque han tenido resultados “muy limitados”. Por ello, cree que la respuesta debe ser apostar por “procesos democráticos de decisión, de implicación de la gente en los asuntos colectivos”, de deliberación a nivel local o regional. Este politólogo recuerda que ha habido épocas en España en las que “no había polarización pero la oferta política y mediática era muy limitada”, por lo que la respuesta no puede ser volver a esos tiempos, sino “acabar con la polarización afectiva pero ampliando la democracia, no limitándola”.

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